Entrevista > Vanesa Belmonte / Música (Elche, 3-febrero-1974)
Se puede decir que Vanesa Belmonte se hizo músico por su padre (Manuel Belmonte Mira), quien tocaba el contrabajo y la tuba. “En los sesenta perteneció a bandas profesionales, como la de Sevilla, pero tuvo que renunciar porque en aquellos tiempos se necesitaba otro sueldo en casa”, matiza.
La pequeña Vanesa le acompañaba a un sinfín de conciertos y quiso seguir sus pasos, incorporándose al Conservatorio de Elche. “El instrumento que me aconsejó fue el violonchelo”, confiesa, del que se enamoró al instante.
Actualmente docente del IES Macià Abela, Vanesa y su pareja, el artista Gonzalo Miralles, se trasladaron a nuestra localidad hace diecisiete años. Al principio, reconoce, fue un cambio brusco, “pues Crevillent no cuenta con tantas actividades culturales, “aunque sí mucho talento artístico”.
¿El violonchelo fue tu única opción?
Exacto. Ahora los jóvenes entran en el conservatorio y muchas veces cambian de instrumento, yo no, lo tenía clarísimo.
¿Qué te enamoró exactamente del chelo?
El registro (medio), se parece mucho a la voz humana, muy cercano, te llega enseguida. Todos mis compañeros, recuerdo, querían tocar melodías y yo anhelaba hacer los acompañamientos.
Ya me anunció mi padre que tanto el contrabajo como el violonchelo son los cimientos del edificio musical.
«Ya me anunció mi padre que tanto el contrabajo como el violonchelo son los cimientos del edificio musical»
¿Son instrumento solistas?
Por supuesto. El contrabajo no es que esté relegado, sino que tiene un papel más de armonía, es el que mantiene la tensión dentro de una orquesta. El chelo, por su parte, tiene esa dualidad de acompañamiento y melodía, igual que cualquier violín.
Alberga singularidades, entre ellas ser muy voluminoso.
Nunca supuso un problema. Ciertamente que sea tan grande es un hándicap, especialmente de pequeño, aunque hay diferentes tamaños, que van aumentando según la edad.
Cuando estudiaba en el Conservatorio de Elche me movía andando y residía a bastante distancia. El instrumento era rígido, para una mejor protección, y parecía una tortuga ninja con el chelo a mi espalda (ríe).
¿Cómo siguió su formación?
Se creó la Orquesta de Elche, con mi padre como uno de los fundadores. Recibí una beca, mi primer sueldo, ¡30.000 pesetas de entonces!, que era una cifra considerable. De ahí pasé a la Orquesta de Melilla, un cambio enorme, donde estuve tres años.
Regresé, me incorporé a la Orquesta Sinfónica de Murcia, posteriormente a la agrupación Il Concerto Accademico -dirigido por Margherita Marseglia-, y comencé mi etapa como docente.
«Poder tocar desde dentro las piezas que escuchaba de pequeña es maravilloso, como entrar en otra dimensión»
¿Inicialmente en Andalucía?
En diferentes conservatorios (Cádiz, Algeciras, El Ejido, Almería…). Fueron igualmente unos años de aprendizaje para mí, porque nunca terminas de comprender lo que has estudiado hasta que no lo enseñas. Resultó una excelente experiencia, a muchos niveles.
¿De qué modo lo hacías?
Soy una persona que ha estudiado mucho, dedicándole horas al instrumento. Posiblemente otros de mi generación han tenido más facilidad; yo lo compensaba trabajando más.
Además, me gustaba ponerme en la piel de los alumnos, tratando de entender las dificultades que ellos tenían, las mismas que pasé unas décadas antes. Deseaba transmitirles un camino algo más sencillo o llano que el mío. La docencia me sigue apasionando.
Finalizada tu etapa andaluza, ¿regresaste a casa?
Me ofrecieron formar parte de una cooperativa de enseñanza. Me hice cargo durante diez años de toda la música de infantil y secundaria de un colegio privado de Monforte del Cid. Desarrollé una creatividad enorme para trabajar con infantes, virtud que pude emplear en el Conservatorio Municipal de Mutxamel, mi siguiente destino.
Desde hace ocho años ejerzo de profesora en el IES Macià Abela de Crevillent. Mi experiencia en el conservatorio me ayudó a aprobar unas oposiciones e iniciar un camino en Secundaria. Varios compañeros se cuestionaron cómo podía pasar de un conservatorio a un instituto; se pueden hacer varias tareas en la música.
«Los años de docente han sido un aprendizaje, nunca acabas de comprender lo que has estudiado hasta que lo enseñas»
¿El nivel de los músicos valencianos es superior?
Depende, porque si en instrumentos de viento somos mejores, los andaluces nos superan en cuerda.
Tuve la suerte de estudiar con Francisco Pastor, catedrático de Alicante, recientemente jubilado. Por sus aulas han pasado los mejores chelistas de la Comunitat Valenciana. Algunos formamos el Fórum Violonchelista de Alicante, que este año cumple su décima edición.
¿Qué te ha permitido el chelo?
Tocar un sinfín de obras que escuchaba y estudiaba de pequeña, y hacerlo desde dentro es maravilloso, como entrar en otra dimensión. Me refiero a ‘Las suites de Bach’, todo un hito para mí, ‘El concierto de Saint-Saëns’ o piezas de Chaikovski, todo un sueño.
¿Te sientes una afortunada?
Mucho, porque he enseñado música, mi gran pasión, muchísimos años. Pude compaginarlo con tocar con orquestas y grabar varios discos bajo el sello de RTVE.
Sí me hubiera gustado estudiar en el extranjero, en Viena (Austria) o Praga (República Checa), pero las circunstancias fueron otras. Me siento, no obstante, una privilegiada.





















