Entrevista > Alejandra Gómez / Profesora de yoga (Bogotá, Colombia, 1-septiembre-1980)
Son muchos, cada vez más, lo que consideran el yoga una forma de vida. Entre ellos, fehacientemente, Alejandra Gómez, quien estableció su primer contacto con esta disciplina milenaria durante su etapa en Madrid: “hacía danza, expresión corporal y teatro, y comencé a indagar aspectos sobre el cuerpo”, resume.
Natural de Bogotá, aunque con ascendencia malagueña, se estableció definitivamente en la provincia de Alicante en 2019 -tras largos y satisfactorios periodos en Argentina y en la propia Colombia-, junto a su marido, el actor Pablo de Francisco, vecino de Crevillent. “Conozco nuestra localidad desde 2004”, aclara.
“Para mí España es mi hogar”, remarca, antes de enumerarnos algún beneficio del yoga, “el cese de movimientos en la consciencia, en la mente”. Esta frase, adaptada por Alejandra, es un sloka -especie de verso- que condensa la idea de qué es el yoga, uno de los seis darshanas (doctrinas) del hinduismo.
¿De qué modo te introduces en el yoga?
Después de iniciarme en Madrid, en Rosario (Argentina) continué trabajando mi cuerpo. Nos instalamos en Alicante y en ese periodo, antes de volver a Colombia, el yoga llegó a mí, al principio mediante unos escritos. Quise probar, de una forma autodidacta en 2012 -viendo vídeos y leyendo un sinfín de libros- y me atrapó.
¿Seguiste practicándolo en Bogotá?
Exacto, acudía a un club deportivo, aunque por mi cuenta. El dueño me observó, le gustó y me propuso dar clases, propuesta que acepté, pero igualmente como una afición. Pronto comprobé que se me daba bien, me lo tomé más seriamente y profundicé en el Hatha Yoga.
«Pronto supe que el yoga no solo eran movimientos, que iba mucho más allá, es una filosofía de vida»
¿Qué te enganchó de esta actividad?
Primero el movimiento, la parte más física, descubrir que había posturas en las que podía encontrar alivio y fortalecimiento. Todo era muy interno, muy mío, algo que me hacía sentir mejor; se eliminaron dolores, se optimizó la fuerza, la flexibilidad y concentración.
Empecé a sentirme más tranquila y noté que me cautivaba el yoga, precisamente porque mejoraba en numerosos aspectos. Comprobé que no solo eran movimientos, sino que iba mucho más allá, que el yoga es una filosofía de vida.
Sin embargo, seguía siendo una afición.
Eso es, anhelaba ir a la India, a Mysore, en el sur, cuna del Ashtanga Yoga, método que parte del Hatha Yoga, el germen del yoga que todos conocemos. Su gurú fue Pattabhi Jois, con cuyo nieto (Sharath Jois) tuve el placer de estudiar dos meses.
Antes, en Madrid había empezado a estudiar este método, de la mano de la profesora Alexia Pita, mi primera maestra de Asthanga Yoga. Al establecernos en Alicante comencé a dar clases.
«La práctica del yoga es beneficiosa para todos porque integra el cuerpo, la mente y la energía»
¿Hasta qué punto es beneficioso el yoga?
A un grado máximo, pues su práctica integra al cuerpo, la mente y la energía. Según el yoga tenemos al menos siete cuerpos -o koshas- y cada uno está interconectado con los otros.
Nosotros notamos que nos duele una pierna, la espalda o el hombro, por ejemplo, pero detrás de ese dolor físico hay mucho más. El origen puede ser mental o del sistema nervioso y el yoga ayuda a profundizar en tu autoconocimiento.
Prosigue, por favor.
Se trata, sin duda, de una herramienta de realización personal. Conocemos el cuerpo a través del movimiento, porque si no sabemos cómo es tu cuerpo, ¿cómo te vas a conocer? Seguidamente el conocimiento se desplaza a la mente.
¿Cómo es la mente, precisamente?
Es un órgano de percepción que está todo el día trabajando y debemos hacer que entre en un estado neutro, de tranquilidad. Igualmente, la respiración, otro aspecto determinante, el puente entre lo físico y lo sutil.
Mediante la respiración podemos entrar en una absoluta calma, encontrar incluso la trascendencia, como sucede en mis sesiones.
«Como órgano de percepción, la mente no para; debemos hacer que entre en un estado de tranquilidad»
¿El yoga nos ayuda a vivir mejor?
¡Por supuesto, y sin sufrir! Yo misma empleé el yoga como terapia, me sirvió muchísimo en un periodo de fuerte depresión. Salí adelante y hallé un propósito en mi vida, poder compartir una disciplina que tanto bien me había causado.
Mi principal motivación siempre ha sido ayudar a las personas, que encuentren el sadhana, el camino. La sala donde imparto clases está diseñada para que los alumnos entren y dejen fuera su mundo, sus problemas e inquietudes.
¿Deseas regresar a India?
Tenía previsto hacerlo, pero mi maestro falleció en 2024 y se trastocaron los planes. La muerte, como indica el yoga, forma parte de la vida, aspecto que transmito a mis alumnos: estamos apegados no solo a la vida, sino al placer. Queremos estar siempre bien, y eso es imposible.
El yoga te ayuda a equilibrarte, pues te saca de la miseria cuando estás hundido, pero te rebaja la euforia en momentos álgidos. Los dos extremos son iguales y el yoga hace que estés ecuánime, para que no sufras.




















