Para el sociólogo e historiador neoyorquino Lewis Munford (1895-1990), en sus teorías desarrolladas en ‘The City in History’ (1961; aunque parezca curioso, este clásico y materia de estudio universitario no apareció en español, como ‘La ciudad en la historia’, hasta 2014), las urbes no dejan de ser organismos culturales que evolucionan con la sociedad. ¿Y València, cómo encaja en esta visión?
La realidad es que el hoy ‘cap i casal’, como ente vivo, cumple las premisas desde los mismos comienzos, cuando en las marismas del mítico golfo de València se fundaba allá por el 138 a.C. con aquello de Valentia Edetanorum (valor de los edetanos). Cuando el general y político Décimo Junio Bruto Galaico (180 a.C.-113 a.C.) obsequiaba a unos dos mil colonos con la futura metrópoli.
Etapas vivenciales
No era poco vivir ya en aquellos tiempos en una acotación urbana que albergó un coliseo con capacidad para unos 10.000 espectadores. Dividamos crecimientos o reorganizaciones en seis etapas. Disponemos del espacio que tenemos, así que nos pueden servir. La primera comprendería desde la fundación hasta el siglo V, comienzo de la Edad Media.
Tendríamos una segunda, con parte de esa era, que podríamos llamar visigoda y musulmana, seguida de la tercera, con la Reconquista y el Reino de València, que nos llevaría hasta el siglo XV, comienzo de la Edad Moderna (hasta el XVIII), que sería la cuarta. Entraríamos ya en el intervalo XIX al XX, para desembocar en la época actual. Cada una de ellas ha vestido a la población con nuevos ropajes.
Albergó un coliseo con capacidad para unos 10.000 espectadores
Campamento urbanizado
¿Y cuáles fueron los atavíos originales? Los primeros, ortogonales. Valentia era una colonia: otorgada a legionarios licenciados según la mayoría de las referencias, o posiblemente a soldados lusitanos (del oeste de la Península) perdonados, a tenor de los últimos estudios, u honraba a los íberos edetanos (o sea, de Iberia, de la zona de la Edetania: no eran calificativos étnicos, sino gentilicios).
Sea como fuere, de carácter militar, como casi todo con la civilización latina (del latín). El plano ortogonal, cuya distribución resultaba más sencilla a la hora de ubicar viviendas y servicios, no era, en el fondo, más que una transposición del orden interno de los campamentos militares romanos. Aún es posible inferir que las actuales calles Salvador y dels Cavallers se correspondían con el Cardo (orientación norte-sur) y el Decumano o Decumanus (este-oeste).
Durante la Edad Moderna comenzaba a poblarse de conventos y palacios
Alcazaba interior
Hay, en todo caso, que avanzar. Hagámoslo, saltándonos destrucciones y reconstrucciones asociadas a luchas internas de los colonizadores, y veamos crecer a este núcleo agrícola y comercial especialmente mimado por el imperio (desde el 27 a.C. hasta el 476 d.C.) Llegarán las murallas, y dentro de estas, las mezquitas, e interconectándolo todo, huerta y ciudad, un importante sistema circulatorio basado en el agua.
Murallas las hubo con los visigodos (pululó por la Península este pueblo germánico de origen escandinavo desde los siglos V al VIII), pero la cultura árabe nos dejó una alcazaba o ‘casbah’ (de ‘al-qaṣbah’, ciudadela) cuya construcción laberíntica (para dificultar su conquista), de calles estrechas con viviendas volcadas al patio interior, a la vida tras celosías, se adivina en la misma Ciutat Vella (ciudad vieja).
Entre los siglos XIX y XX van a derribarse murallas, ensanchando la villa
Vistas en el exterior
Todavía aparecen aquí y allá, en locales o sótanos, en las obras que arañan la superficie urbana, lienzos de las viejas murallas. Pero la urbe necesitaba seguir creciendo. Abreviemos, que se suceden los siglos. Dejémonos atrás conquistas y reconquistas, que ya protagonizaron otros artículos, y proyectémonos a la Edad Moderna. Las murallas empiezan a constreñir. El latido de València como ciudad viva había comenzado a crear arrabales extramuros.
Barriadas como la Judería iniciaban una expansión que asentará durante la Edad Moderna. Las murallas árabes sobre todo (y la cristiana del XIV) constreñían a una urbe que había comenzado a poblarse de obra suntuosa: conventos, palacios. La población, ya proyectándose en metrópoli, continuaba siendo agrícola y mercantil, pero venida a más, incluso quedando lejos su Siglo de Oro (en realidad, XIV y XV).
Fuera las murallas
Tocaba, por fin, rasgar el corsé: entre los siglos XIX y XX van a derribarse murallas (con 1865 como cifra ‘mágica’), ensanchando ya sin trabas la ciudad, expandiéndose del todo, abriendo la maya urbana más allá incluso de los propios límites municipales, alcanzando, asumiendo y, en muchos casos, finalmente conurbando los cinturones poblacionales que conocemos como el área metropolitana. Las obras que permitirían los galácticos ensanches actuales se sucedieron entonces.
Sobre todo, a finales del XX: el antiguo cauce del Túria ajardinado (se inauguran los primeros tramos en 1986), la Ciudad de las Artes y de las Ciencias (que abrió puertas y portones el 9 de junio de 1998). La urbe, que desde el XIX ha ido anexionando poblaciones cercanas (como Russafa en 1877), ya se ve, y la ven, como una gran metrópoli mediterránea. Que crece. Está viva.




















