Entrevista > Teresa Martínez ‘La Algarenya’ / Premio del Consejo Social de Cátedras Institucionales de la UMH (Altea, 19-noviembre-1973)
Conocida artísticamente como ‘La Algarenya’, Teresa Martínez entiende el arte como una herramienta de vida. No solo como creación estética, sino como un lenguaje capaz de abrir canales de expresión allí donde la palabra no llega.
Esa mirada, construida a lo largo de más de dos décadas de trabajo con personas con diversidad funcional y problemas graves de salud mental, es la que le ha valido el Premio del Consejo Social de Cátedras Institucionales de la Universidad Miguel Hernández. Un reconocimiento que pone el foco en su participación en la Cátedra Annetta Nicoli y, especialmente, en los talleres de prevención de la violencia de género que desarrolla desde 2017.
Lo primero, ¿por qué ‘La Algarenya’?
Es mi nombre artístico, porque aparte de la educación artística, me dedico al arte. Y es un apodo familiar, mi padre es ‘El Algarenyo’. Antes era ‘La Algarenyeta’, pero ya la edad me delata y ahora ‘La Algarenyeta’ es mi hija.
Se te ha concedido el Premio del Consejo Social de Cátedras Institucionales de la UMH por tu participación activa en la cátedra Annetta Nicoli, principalmente realizando talleres de prevención de violencia de género con personas con diversidad funcional. ¿Qué tiene de particular aplicar el arte a las terapias expresivas, a la diversidad funcional, como llevas haciendo tantos años?
¡Para esto necesitaríamos tres cafés, la verdad! (Ríe). El arte es una herramienta fundamental en mi vida personal, en mi trabajo como educadora y como persona también, porque el arte te da una herramienta que fomenta algo muy básico como es la creatividad, que te fomenta la expresión.
No sé si sabes, que la persona que no expresa acaba enfermando. Y dentro de las terapias expresivas, el arte te da una capacidad transformadora de partir de un lugar para darle la oportunidad a la persona de llegar a otro lugar diferente. Y donde hay un lugar diferente, hay otro nuevo camino.
Estaría muy bien que todas las personas hicieran un poco de terapias expresivas o de ‘arteterapia’, porque te alimenta el alma. Me viene a la cabeza por los últimos estudios que he hecho, que van un poco más por el lado espiritual del arte, de alimentar aquello que somos de verdad. Si quitamos lo que pensamos, lo que sentimos y si quitamos un poquito la morralla del automatismo, que nos lleva a funcionar todos los días, ¿quién soy?
«Estaría muy bien que todas las personas hicieran un poco de terapia expresiva»
Son muchas las iniciativas que hemos conocido recientemente en Altea y en el resto de la Marina Baixa que ponen el acento en eso: en unir arte y terapia. Creo que a estas alturas y por los resultados que hemos visto en todo este tipo de proyectos, la propia evidencia científica de sus resultados está más que demostrada.
Sí, además, ahora con todas las neodiversidades y todos los estudios de neurología, es que no hay duda sobre ello. Por ejemplo, la musicoterapia funciona de una manera mucho más directa que la arteterapia.
La arteterapia necesita de una apertura. Cuando naces, tienes todos los canales abiertos, pero vas creciendo y cambias lo primordial por lo útil. Luego, te hace falta volver a abrir esos canales de expresión para acceder a tu bienestar. Pero la música, como accede desde otro punto más directo, nos conecta mucho más rápido que la plástica, por ejemplo.
Mis talleres no son solo arteterapia, sino que representa un recurso más. También utilizo la música, el movimiento, el clown, el teatro terapéutico… todo lo que te permita abrir canales de expresión diferentes a la palabra.
Decía que hemos venido conociendo este tipo de iniciativas de forma bastante reciente, pero tú llevas ya veinte años trabajando en este tipo de terapias en el Centro Ocupacional San Marcelino de València. ¿Te has encontrado con muchos obstáculos para hacer entender la valía de estas terapias?
Todos los que estamos metidos en este mundillo conocemos la validez de todas las herramientas que nos brindan y las cogemos y las utilizamos. Yo empecé por el arte, porque no había nadie que supiera usar esa herramienta artística y con el tiempo me formé para ello.
Es verdad que a veces me faltaba la seguridad de decir ‘esto del arte que estoy haciendo, estará bien hecho’. De esa manera más intuitiva que usaba al principio pasé a formarme en terapias expresivas y en más cursos de arteterapia. Y realmente es que no es algo tan novedoso, porque es algo que nació allá por la Segunda Guerra Mundial.
«El arte te da la posibilidad de ir de un lugar a otro diferente»
¿Qué camino queda por recorrer si es que queda camino?
Claro, siempre hay un camino. Y de hecho, todo esto que estoy haciendo y que estoy viviendo conmigo misma y con las personas con las que trabajo es un camino que nunca termina. Es decir, porque el ser humano siempre está en continuo cambio. Somos una obra que nunca termina. Es una obra inacabada. El día que acabe, ya no estaremos aquí.
En tu discurso, cuando recogiste ese premio de la Universidad Miguel Hernández, dedicaste unas palabras especiales al TAPIS, que es el Taller de Preinserción Laboral de Altea, y al SASEM, el Servicio de Atención y Seguimiento para Personas con Problemas Graves de Salud Mental de València. ¿Por qué?
Es que este premio viene por el trabajo que llevo realizando con ellos desde 2017. Todos los años, para el día del 25N, he realizado un taller para trabajar el día de la no violencia con ellos, porque es un sector que también lo padece. No nos libramos nadie.
Dándoles las herramientas oportunas a las personas con diversidad funcional o con enfermedad mental, para que se conozcan más y puedan usarlas para tener una vida plena y una educación emocional, seguramente bajaría el nivel de violencia de género.




















