La decisión de Altea de retirarle la Medalla de Oro concedida en 1964 al dictador Francisco Franco ha rescatado, de rebote, el nombre de uno de los grandes pintores españoles del siglo XX y que, como tantos otros coetáneos, encontró en Altea no sólo una profunda inspiración, sino también un lugar de residencia.
Su obra ‘Almendros en flor’ fue el obsequio que el municipio entregó, junto a la propia medalla, al entonces Jefe del Estado, pero la figura de Palencia va mucho más allá de ese dato anecdótico.
Nacido en Barrax (Albacete) en 1894, Palencia ocupa un lugar destacado en la historia de la pintura española del siglo XX. Conocido por su estilo personalísimo, entre el lirismo y la búsqueda constante de la luz, el artista encontró en Altea un refugio creativo y un escenario ideal para desarrollar una parte esencial de su obra. Palencia, además, mantuvo una relación profunda y prolongada con la localidad alteana, donde halló un universo de colores, silencios y sensaciones que influyeron decisivamente en su trayectoria.
El Mediterráneo alteano transformó su uso del color y tratamiento de la luz
Búsqueda interior
Su relación con la Comunitat Valenciana en general, y con la Marina Baixa en particular, se inscribe dentro de una etapa de búsqueda interior, en la que trata de alejarse de la vorágine cultural de Madrid, donde había encontrado acomodo entre los integrantes de la conocida como Generación del 27.
Fue, entre otras cosas, director artístico de La Barraca, la compañía teatral de un Federico García Lorca asesinado el 18 de agosto de 1936 por los seguidores de Franco, apenas un mes después del golpe de estado que dio inicio a la Guerra Civil y la posterior dictadura.
Altea, con su luz inconfundible y su atmósfera artística, se convertirá desde principios de los años cuarenta, poco después de terminada la contienda, en el lugar que cambiará su forma de mirar al mundo y, con ello, revolucionará su obra.
Llegada al Mediterráneo
A mediados del siglo XX, Palencia inicia una serie de viajes por la costa mediterránea española con el objetivo de reencontrarse con una pintura más libre, más intuitiva y más conectada con la naturaleza. Es en ese contexto cuando descubre Altea, un pueblo que por entonces atraía a numerosos artistas, pintores, escultores, músicos y escritores seducidos por su estética y su ritmo pausado.
Para un creador obsesionado con la luz, Altea no podía resultar más magnética. Las fachadas blancas, el brillo del mar, el contraste de sombras y la pureza del horizonte se convirtieron en un laboratorio pictórico ideal.
Pasó largas temporadas en la Villa Blanca integrándose en su ambiente artístico
Explosión del color
Palencia, que venía de una tradición castellana marcada por tonos ocres y paisajes austeros, encuentra aquí una paleta completamente distinta: azules intensos, blancos luminosos, verdes mediterráneos y una atmósfera cargada de espiritualidad.
Su estancia en la localidad no fue meramente circunstancial. Pasó temporadas largas, convivió con artistas locales y visitantes, y se integró en un ambiente cultural efervescente que contribuyó a renovar su mirada. Altea no solo le ofreció un paisaje; le ofreció una forma distinta de comprender la pintura.
Un cambio en la mirada
La etapa alteana de Benjamín Palencia se refleja claramente en su obra. Sus cuadros adquieren una mayor ligereza, una vibración cromática distinta y un tratamiento de la luz más abierto. Es evidente que el Mediterráneo transformó su pincel: los paisajes alteanos, las marinas, las casas blancas y las colinas circundantes aparecen reinterpretados con un estilo poético en el que la línea se suaviza y el color se vuelve protagonista.
Esta evolución puede considerarse un momento de madurez dentro de su trayectoria. Si la Escuela de Vallecas (de la que fue uno de los fundadores) representó su inmersión en la tierra y en lo rural, Altea le ofreció la oportunidad de explorar un lirismo luminoso que marcaría su pintura posterior. La presencia del mar, la serenidad del entorno y la influencia de otros artistas hicieron que su obra se impregnara de una nueva sensibilidad.
Su etapa alteana marcó una evolución decisiva en su trayectoria pictórica
Referente para generaciones posteriores
La huella de Palencia en Altea se extiende más allá de su obra. Su presencia contribuyó a reforzar el prestigio del municipio como enclave artístico fundamental del Mediterráneo. Numerosos creadores que llegaron después lo citaron como una referencia, no solo por su estilo, sino por su concepción casi espiritual de la pintura.
Palencia se convirtió en una figura admirada por jóvenes artistas que estudiaban en la localidad, especialmente tras la fundación de la Facultad de Bellas Artes. Aunque su estancia fue anterior a la creación del centro universitario, su nombre forma parte de esa tradición que convirtió a Altea en uno de los grandes polos artísticos de la Comunitat Valenciana.
Luz que permanece
Quienes hoy recorren Altea entienden rápidamente por qué Benjamín Palencia quedó atrapado por su belleza. Las mismas calles estrechas, los mismos reflejos del sol sobre la cúpula azul, las mismas sombras que juegan en las fachadas, siguen ahí, intactas en su esencia. Y en cada rincón parece posible encontrar un fragmento de su mirada, un eco de esa luz que tanto buscó.
La relación entre Palencia y Altea es un ejemplo perfecto de cómo un lugar puede transformar a un artista, y de cómo un artista puede engrandecer un lugar. Un diálogo constante entre la sensibilidad creadora y la identidad mediterránea que, décadas después, continúa resonando.





















