Ha llegado febrero y, con él, también una tradición que invita a todo el mundo a relajarse y a hacer de la risa un lenguaje colectivo: el Carnaval. Está claro que la provincia de València no es Brasil, pero tiene su propia forma de celebrar esta extendida fiesta.
Las consignas infantiles en los colegios, los personajes satíricos o la multiculturalidad de los desfiles son solo algunas de las costumbres del territorio a la hora de disfrutar de esta animada semana.
Origen y posterior conversión al cristianismo
Aunque, según la Asociación de Cronistas Oficiales del Reino de València, todo tiene su origen en las celebraciones que los sumerios y los egipcios llevaban a cabo hace más de cinco mil años, hay teorías que sitúan sus principios en el s.V a.C.
Por aquel entonces, los romanos celebraban las Saturnales, una fiesta dedicada al dios de la agricultura, la abundancia, el tiempo y las cosechas: Saturno. Esa semana, los romanos intercambiaban sus roles sociales, hacían trastadas y celebraban la vida comiendo y bebiendo en exceso.
En el s.IV a.C., el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano y, poco a poco, fue adaptando todas las celebraciones populares al calendario litúrgico. De este modo, la fiesta, que antes se celebraba en diciembre, pasó a situarse justo una semana antes de la Cuaresma, el periodo de ayuno y recogimiento de los devotos.
Lo que antes era, simplemente, algo divertido, se convirtió así en un movimiento transgresor, el último momento de libertad antes de la contención. La ciudadanía empezó a ocultar su identidad para criticar y parodiar a los de arriba mediante personajes y figuras grotescas.
Hoy en día son las Fallas quienes viven su ‘boom’ en la provincia, pero en el s.XV, cuando todavía no habían surgido las fiestas josefinas, eran los Carnavales quienes tenían a los valencianos en vilo durante todo un año. Poco tiempo más tarde, el mismo Lope de Vega, que pasó parte de su vida exiliado en la capital del Turia, encontró en los carnavales valencianos de finales del s.XVI una inspiración para su obra ‘La viuda valenciana’.
La fiesta vivió su máximo esplendor en el territorio durante el s.XIX
La fiesta en su máximo esplendor
El Concilio de Trento intentó coartar la celebración durante años, pero, ya el en el s.XIX, los Carnavales valencianos vivieron su verdadero momento de esplendor. Según el Museo de Historia de València, el paseo de la Alameda se llenaba de cabalgatas y mascaradas durante los tres días previos al Miércoles de Ceniza.
En ‘Arroz y Tartana’, Vicente Blasco Ibañez describía el carnaval valenciano de 1894 como una fiesta en la que “muchachos con pliegos de colores voceaban las décimas y cuartetas, alegres y divertidas”, había “alaridos de alegre escándalo en la Alameda” y en el mercado se vendían “narices de cartón, bigotes de crin, ligas multicolores con sonoros cascabeles y caretas pintadas”.
Todo un festival multitudinario en el que la gente se comportaba como si estuviera en una “saturnal de esclavos ebrios” y los disfraces servían de excusa para “toda clase de expansiones brutales».
Villar del Arzobispo y Requena tienen los Carnavales más curiosos del interior
Crónica de una muerte anunciada
Con la Guerra Civil Española llegaron tiempos oscuros para la fiesta puesto que, en 1937, se ordenó su suspensión. Pese a que en los lugares con más arraigo la celebración adoptó otras formas, oficialmente, la prohibición estuvo vigente hasta la muerte de Franco y la posterior transición a la democracia.
Aunque hoy en día la fiesta sigue formando parte de ese satírico espíritu valenciano, para cuando se levantó la restricción, las Fallas, que comenzaron a ser todo un atractivo turístico en 1920, ya eran las reinas indiscutibles de la provincia.
En la ciudad de València cada barrio vive la semana según su identidad
Ritos rurales, sátira y personajes únicos
Si hay un lugar de la provincia donde el Carnaval continúa teniendo mucho peso ese es sin duda Villar del Arzobispo, un pueblo del interior en el que este gira en torno a la gastronomía y a los rituales simbólicos, con la célebre morca como protagonista absoluta.
Durante la celebración se puede, y se debe, probar la morcilla local, pero también asistir a su entierro, que pone punto final a la fiesta. Por supuesto, antes es casi obligatorio asistir a la recogida del chinchoso, un personaje típico que marca el inicio de la celebración y siempre caricaturiza a alguien diferente.
También hay que ver el desfile de las Botargas, figuras emblemáticas de la localidad cuyas ropas están hechas con prendas y sábanas viejas. Entre otras cosas, el día grande de la semana se realiza el Gran Desfile, cabalgata en la que participan cientos de comparsas con disfraces de lo más elaborados.
Requena es otro de los municipios valencianos que celebra el ‘Carnestoltes’ a lo grande. Allí, la figura del Rey de Cepas preside la juerga. Junto a él aparece el Judas Colgado, un muñeco que se expone públicamente y representa la burla, la traición y los excesos humanos.
Otras costumbres que resisten al olvido
En algunos municipios, los juicios carnavalescos escenifican procesos ficticios donde se acusa a personajes simbólicos de todos los males del año. En otros, los entierros de sardinas, peleles o figuras grotescas sirven como despedida ritual del desenfreno y, en general, todos los niños del territorio llevan diferentes consignas al colegio durante la semana previa al Carnaval.
Dentro de València capital, cada barrio vive la fiesta según su identidad. Por eso, Ruzafa celebra la diversidad cultural con comparsas y música de todo el mundo; Benimaclet apuesta por la unión vecinal, y el Cabanyal ofrece tradición marinera con murgas, concursos, confeti y gastronomía.
Al final, bien sea en un pueblo del interior, en una calle del Cabanyal o en un pasacalle de Ruzafa, una vez al año, el mundo se pone del revés y parece más divertido.





















