ENTREVISTA> Antonio Guijarro / Pastelero (San Vicente, 1-septiembre-1963)
La pasada Cabalgata de Reyes Magos se recordará en San Vicente del Raspeig por haberse celebrado en el interior del Pabellón Polideportivo. Sin embargo, para un sanvicentero fue la más especial de todas, hasta el punto de que aún se le ponen los ojos llorosos cuando le hacemos recordar aquella tarde.
Durante toda su vida Antonio Guijarro Aliaga se ha dedicado a la repostería. De joven trabajó en la panadería (aún existente) de sus padres hasta que se decidió por abrir su propio negocio, la célebre pastelería Blonda que todos recordamos en Ancha de Castelar. Hoy en día se dedica a formar nuevos pasteleros como profesor del Centro de Formación Profesional Valle de Elda.
Actualmente el local de su antigua pastelería luce cerrado. Antonio lo traspasó pensando que los nuevos dueños mantendrían Blonda, y ni tan siquiera llegó a organizar un acto formal para despedirse de su clientela. Quizás haber podido lucir el traje del Rey Baltasar ante su pueblo haya sido la suerte de reconocimiento público que sin duda este pastelero tanto merecía.
«Me incliné hacia la pastelería porque me parecía algo más creativo que hacer pan»
¿Cómo fueron tus inicios en la repostería?
De alguna manera esto lo he mamado desde siempre, ya que incluso nací dentro de la propia panadería de mi familia (risas). Es algo que vivía todos los días desde niño. Cuando ya tenía edad para estudiar una carrera universitaria, realmente no había nada que me enganchase más que seguir trabajando en el negocio familiar.
Luego mis inquietudes me llevaron a ir hacia la pastelería, porque lo veía algo más creativo que hacer pan. Así que me fui a estudiar con grandes profesionales en Barcelona y Bélgica. Esto me llevó a querer crear algo propio, y de ahí nació Blonda.
¿A principios de los años noventa había otras pastelerías como la tuya en San Vicente?
No. Aquí se hacía un pastel muy típico y tradicional. Sin embargo, yo venía muy influenciado por la escuela francesa, que siempre ha ido un paso por delante en materia de confitería. Entre otras cosas porque el sector está mucho más apoyado por las autoridades políticas que en nuestro país.
Así que nosotros introdujimos algo diferente en San Vicente. De todas formas, creo que todo es bueno, y por supuesto siempre mantuvimos también parte de lo tradicional. No puedes pretender que la gente se lance a probar nuevos sabores de la noche a la mañana.
«En Blonda introdujimos nuevos conceptos de la confitería francesa en San Vicente»
¿Cuáles eran vuestros productos estrella? Recuerdo especialmente vuestras milhojas de crema…
Sin duda era uno de nuestros productos más demandados. Hacíamos una milhoja muy española, porque en Francia se utiliza más la vainilla para la crema de las milhojas, pero nosotros nos decantábamos más por la canela y el limón. La verdad es que se vendían bastante bien.
También vendíamos muchísimos roscones de Reyes. Recuerdo que cada 5 de enero se formaba una cola que llegaba hasta la avenida paralela.
¿Los gustos de los sanvicenteros fueron cambiando a lo largo de todos aquellos años?
Realmente sí. Al principio lo que más se vendía en San Vicente era tortadas de almendra con merengue o similares. Sin embargo, poco a poco fuimos metiendo sabores nuevos como la gianduja de chocolate, frutas, otros frutos secos, etc.
Nuestra idea siempre fue hacer productos de mucha calidad, pero sin pretender llegar a un estilo vanguardista que solo gustara a ciertas clases altas. Si teníamos que economizar en algo, nunca era en materias primas sino en renunciar a hacer diseños sofisticadísimos con pinzas y colores. Nosotros hacíamos pasteles pensando en llegar a todo el mundo. Aún así teníamos fama de ser caros, pero cuando la gente nos probaba enseguida se daba cuenta de que no lo éramos tanto.
«Ser Rey Mago es algo único en la vida»
¿Cómo ha sido la experiencia de ser Rey Mago?
A ver cómo te lo digo sin ponerme a llorar (risas). Creo que todo surgió porque viendo una cabalgata le dije a alguien… “oye, tiene que ser la leche ser Rey Mago”. Y se ve que esa persona habló con quien tenía que hablar (risas). Total, que al final se me presentó esta oportunidad.
Al principio quizás no eres tan consciente de todo lo que significa y simplemente disfrutas de las presentaciones y demás actos previos. Sin embargo, al llegar el día, entras al Pabellón y ves el clamor de todos los chiquillos locos. En ese momento te pones a levantar las manos para saludar, y te sientes como si estuvieras flotando en una nube. No quieres ni tocar tierra.
¿Te has quedado con la espinita de no haber podido desfilar por las calles o te das por servido?
Pues… ya ves que se me saltan las lágrimas mientras te lo cuento. ¿A ti qué te parece? (risas). Por supuesto que teníamos cosas preparadas para la carroza que me hubiera gustado hacer, pero en el Pabellón también vivimos cosas muy chulas que no habrían ocurrido en la calle.
Por ejemplo, ese momento alucinante de recorrer el pasillo desde el vestuario del Pabellón hasta sentarnos en el trono. Los chiquillos nos avasallaban y abrazaban eufóricos. Un chaval incluso me regaló una figurita de Baltasar de roscón. Llegó un punto en que los de Protección Civil nos indicaron que debíamos marcharnos ya por riesgo a una avalancha… pero yo no quería. Estaba a punto de romper a llorar de la emoción, y aún hoy se me pone la piel de gallina al recordarlo.
De verdad que recomiendo a todo quien pueda que aproveche la oportunidad de ser Rey Mago. Es algo único e irrepetible en la vida.





















