El ciclismo es, por definición, efímero. El pelotón pasa, apenas unos segundos, y la carretera vuelve a quedarse en silencio. Sin embargo, hay días y lugares que se quedan grabados para siempre en la memoria colectiva.
Uno de ellos fue el 8 de febrero de 2020, cuando un jovencísimo Tadej Pogacar se impuso en la Sierra de Bernia y dejó prácticamente sentenciada la Volta a la Comunitat Valenciana, meses antes de conquistar su primer Tour de Francia.
Ese instante, breve pero decisivo, ya no pertenece solo al recuerdo. El escultor Mario Romero lo ha transformado en materia, en presencia física, a través de una obra que señaliza el punto exacto de aquella etapa reina. Tres bicicletas recortadas en acero, alineadas sobre una pletina de gran grosor, dialogan con el entorno natural y obligan al espectador a detenerse, a mirar y a tocar.
El paso del pelotón ciclista por la carretera siempre es fugaz. De vez en cuando, como sucedió en Altea el día 8 de febrero de 2020, ese momento queda para la historia. Ese día Tadej Pogacar (que meses más tarde ganaría su primer Tour de Francia), se impuso en la Sierra de Bernia y ató su victoria final en la general de la Volta a la Comunitat Valenciana. Ahora, tú has inmortalizado el momento con una escultura. ¿Cómo la describirías?
Uno de los objetivos fue señalizar un punto concreto de lo que tú has comentado, de una etapa reina de la Volta a la Comunitat Valenciana de 2020.
La escultura son tres bicicletas, una detrás de la otra, recortadas en una pletina de veinticinco milímetros de grosor. Básicamente, eso sería lo que verías si sacaras una fotografía de la escultura, pero hay que ir allí para verla en su entorno y poder tocarla.
«Una escultura hay que visitarla; una fotografía nunca la explica del todo»
¿Una fotografía puede hacer justicia a una escultura?
No, nunca podrá describirla al completo. Una escultura hay que visitarla.
¿Cómo fue el proceso creativo?
Cuando se me planteó este proyecto, lo primero que hice fue conocer un poco la sierra, el entorno. Es una zona maravillosa, con unas vistas incomparables. Es un lugar al que hay que ir porque es precioso.
A partir de ahí, ya conocido el entorno, volvemos al objetivo: señalizar la etapa reina. Todo debe tener un sentido. Tiene que entenderse. Son muchas circunstancias que se mezclan y con ellas la obra va surgiendo. No hay un método.
¿Tienes relación con el ciclismo? ¿Lo practicas o lo sigues?
Lo practico desde que era pequeñito. Siempre he tenido una bicicleta, aunque no soy deportista. Digamos que salgo los fines de semana a hacer sesenta kilómetros por distintos puertos de montaña. Ha sido un mundo que me ha gustado y que me atrae.
«Antes de crear, necesitaba conocer bien el entorno»
Cuando se te plantea la oportunidad de crear esta obra, ¿te lo tuviste que pensar mucho o aceptaste al instante?
Acepté la propuesta, como siempre sucede, con un poco de miedo siempre porque a ti te proponen que hagas un proyecto y ya intuyes que va a ser importante. Siempre tienes la incertidumbre de si te saldrá algo en condiciones y que cumplirá las expectativas. Eso nunca es fácil.
Al principio lo pasé un poco mal, pero uno se lo va trabajando. Llevo toda la vida en el mundo de la escultura y sé que las cosas, cuando se trabajan, salen. Quizás no a la primera o a la segunda, pero acaban saliendo.
¿Existen las prisas, la premura temporal por entregar el trabajo terminado?
El tiempo, cuando se hace un proyecto artístico, nunca se cuenta. Si tuviera que contar el tiempo que dedico a cada cosa que empiezo, nunca lo haría. Nunca pienso en las horas que le he dedicado a este o a cualquier otro proyecto. Uno se pone a trabajar y hasta que da con algo que cree que es interesante y que cumple el objetivo no para.
Al terminar una obra, ¿cierras ese cajón mental o siempre que vuelves a ella ves cosas que cambiarías?
Se cierra el cajón por agotamiento, pero, como dices, cuando vuelves a verla siempre encuentras algún fleco que podría haberse trabajado más. Pero llega un punto en el que sabes que ya has concluido tu trabajo.
«Siempre acepto los proyectos con un poco de miedo»
¿Dónde está ese punto?
Es complicado de explicar porque, como te decía, una obra nunca se termina del todo y cada vez que voy, veo que se podía haber hecho mejor. Pero creo que la obra está bien y ese es el punto en el que hay que dejarlo. En el que hay que darla por terminada y que se pueda colocar.
Esa pasión por el paisaje, ¿puede llegarte, a su vez, por tu afición al ciclismo? Lo pregunto porque es un deporte que siempre está muy en contacto con el entorno y que, sobre todo en el caso de los cicloturistas, tiene en los paisajes un gran punto de interés.
Puede que sí. Además, yo soy de Huéscar, en Granada, que es también una zona muy montañosa y siempre he tenido mucho contacto con ese tipo de paisajes.
¿Este ha sido tu primer trabajo relacionado con el ciclismo?
El primer grabado que vendí era un hombre montado en una bicicleta. Tengo un grato recuerdo de este mundillo porque siempre me ha gustado. Al fin y al cabo, creo que la imagen de una bicicleta es simpática y agradable para todo el mundo.






















