En la memoria colectiva de Villena, el estruendo de la pólvora y el fervor festero han sido un espacio reservado en exclusiva para las Fiestas de Moros y Cristianos en honor a la patrona, espacio ahora compartido con las multitudinarias Fiestas del Medievo.
Sin embargo, las crónicas de la revista Villena del año 1996 recogen un capítulo fascinante escrito por nuestro ilustre Vicente Prats, donde se detalla el intento de arraigar la tradición de las fallas en nuestra ciudad durante la década de 1930.
Algo que comenzó como una iniciativa espontánea de un grupo de vecinos entusiastas, estuvo a punto de convertir a Villena en un referente fallero antes de que el destino histórico dictara lo contrario con el estallido de la Guerra Civil. Repasamos una página desconocida para gran parte de la ciudad sobre una festividad que València ha llevado a todo el mundo, que tuvo su conato de arraigo en el corazón histórico de Villena.
Origen fallero
El primer hito de esta aventura tuvo lugar en 1930 en la plaza de Biar, donde una comisión liderada por Andrés Navarro instaló un monumento que costó seiscientas pesetas de la época. ‘El Misino’, hijo de Andrés Navarro, fue el encargado con dieciocho años de ir hasta Alicante y gestionar la construcción de la falla con algún especialista que fuese benévolo en sus pretensiones.
La falla fue sufragada con gran esfuerzo por los vecinos mediante cuotas de cinco pesetas pagadas en varios plazos debido a la penuria económica reinante en la época. Un monumento en el que no faltó la sátira y la crítica social representando a personajes populares como ‘Antón el Judío’ o un vendedor de poleo apodado ‘El Chingo’.
Se originó en 1930 en la plaza de Biar una tradición iniciada por voluntad vecinal
Primer monumento al maestro
Fue la primera falla de 1930 un homenaje al compositor local Ruperto Chapí, donde aparecía un pedestal con el busto de nuestro ilustre paisano y el rótulo ‘Vilena a Chapí’. Al pie del pedestal aparecía una niña simbolizando una ofrenda al maestro, además de las mencionadas figuras de ‘El Judío’ y ‘El Chingo’, a izquierda y derecha de la obra.
La crítica a la falta de empatía vecinal se plasmó en unos versos en la base que decían: “Hay quien le alaba por garra, por nobleza y por talento, pero no da ni una perra, para hacerle un monumento. Son muchos los que se honran que hayas sido su paisano, pero para hacer la obra, todos esconden la mano”.
A pesar de la sencillez del conjunto, la colaboración de todo el vecindario convirtió la plantá en un evento extraordinario que desafiaba la falta de recursos. Este espíritu vecinal demostró que, más allá de la devoción por la patrona, existía un hueco para la sátira y el arte efímero en las calles villenenses.
Garroferos
Lo cierto es que la llama fallera no se extinguió tras ese primer intento. En mayo de 1933, con motivo de la inauguración de una fuente pública en el Garrofero, se plantó otra falla que costó 124,80 pesetas, recaudadas entre los vecinos según sus posibilidades.
El monumento incluía figuras bautizadas como Felipe y Antón, vestidos de ‘garroferos’, y servía para celebrar que los residentes ya no tendrían que desplazarse hasta la plaza del Rollo para obtener agua potable.
La tradición continuó expandiéndose hacia otros rincones, como la ‘Placetica de Bernardino’, donde en 1935 las hermanas ‘Campanillas’ y otros vecinos confeccionaron una falla que culminó con una gran fiesta, música y el consumo de las típicas pastas villeneras.
Encargada a un artista en Alicante, la primera falla como homenaje al compositor Ruperto Chapí costó seiscientas pesetas
Culmen de la iniciativa
Fue en 1936 cuando el movimiento alcanzó su mayor ambición, con la creación de la comisión en la plaza de Santa María y la publicación del boletín ‘El Fallero’. En este número único, los organizadores expresaban su deseo de que Villena adquiriera «esplendor y resonancia» como ciudad fallera, compitiendo con los pueblos limítrofes.
Para dar un salto de calidad, la comisión de 1936 contrató al célebre artista alicantino Gastón Castelló Bravo por un importe de mil pesetas. El contrato se dividió en tres plazos, y para sufragar los gastos se emitieron cupones de diez céntimos y se organizaron eventos sociales como juegos de té para recaudar fondos. El boceto de Castelló era una obra monumental rematada por una lira, que incluía escenas de zarzuelas de Chapí.
Entre penurias y cupones
Aquel año de 1936, la ciudad bullía con la posibilidad de una nueva festividad permanente. Incluso el semanario Frente Popular elogiaba las fallas como las fiestas que merecían los ‘pueblos progresivos’.
Sin embargo, la realidad económica seguía siendo un lastre y muchos ciudadanos, aunque orgullosos de sus artistas, escondían la mano a la hora de aportar dinero para los monumentos, obligando a realizar esfuerzos hercúleos para sacar adelante las iniciativas.
A pesar de este entusiasmo, las fallas se enfrentaban a un competidor imbatible: la pasión de los villenenses por los Moros y Cristianos. Según las crónicas consultadas, la magnitud de las Fiestas de septiembre absorbía tantos recursos y atención que cualquier otra actividad lúdica terminaba por resentirse en nuestra ciudad.
Personajes conocidos como ‘El Tano’ o ‘Antón el Judío’ no escaparon de la sátira popular en los años treinta
Sueño truncado por la guerra
El golpe definitivo para las fallas de Villena no fue sólo económico o cultural, sino histórico. El estallido de la Guerra Civil Española, apenas unos meses después de la ambiciosa ‘plantá’ de 1936, interrumpió abruptamente el impulso que se había gestado. Nunca sabremos si los deseos expresados en ‘El Fallero’ se habrían consolidado como una tradición anual de no haber mediado el conflicto bélico.
Tras la contienda, aunque se realizaron intentos aislados y surgieron fallas escolares en algunos colegios, la fiesta nunca volvió a recuperar la fuerza organizativa de los años treinta. La prioridad absoluta regresó a las fiestas patronales, y las fallas quedaron relegadas a un recuerdo de lo que pudo ser y no fue.
Personajes de barro y hueso
La riqueza de estas fallas residía en su capacidad para retratar la idiosincrasia local a través de figuras de carne y hueso que todos reconocían. Uno de los personajes más emblemáticos capturados por el arte fallero fue ‘El Tano’, un joven con deficiencias físicas y psíquicas que, a pesar de sus limitaciones, era profundamente querido por el pueblo.
‘El Tano’ solía imitar a los vigilantes nocturnos y bailaba con alegría por las calles; su representación en la falla de 1936 fue tan perfecta que su cabeza fue indultada del fuego y conservada por particulares como una reliquia del ingenio popular.
Junto a él, destacaba la figura de ‘Sofoca Ministros’, apodo de Antonio Beneyto Martínez, un hombre asiduo a la taberna del ‘Tío Ericas’ y conocido por sus rondas nocturnas. Su mote tras una anécdota cómica con su suegro, conserje del Ayuntamiento, a quien Antonio solía sofocar con sus ocurrencias mientras este vestía su uniforme oficial. Figuras que eran el reflejo de una Villena que encontraba en la falla un espejo donde reírse de sus propias costumbres y miserias.
Pese a tibios esfuerzos vecinales, la Guerra Civil truncó una tradición que no recuperó su chispa tras la contienda
Legado de los barrios
Incluso algunos momentos de tensión vecinal terminaban alimentando la llama de la fiesta. Se cuenta que, tras la quema de una de las fallas, unos jóvenes con sus guitarras intentaron festejar a dos jóvenes y apuestas hermanas del barrio. Pero el padre de estas, disconforme, apareció con una escopeta de caza disparando al aire, provocando la huida general de los músicos.
Un incidente que sirvió de inspiración para la crítica de la falla siguiente, demostrando que en Villena cualquier anécdota era susceptible de convertirse en arte efímero.
La expansión de esta fiesta alcanzó rincones emblemáticos como la ‘Placetica de Bernardino’, un espacio que debe su nombre a Bernardino López Terrades, un comerciante valenciano que se estableció allí a finales del siglo XIX. En este enclave, el autor José García Navarro, apodado ‘Pimiento’, elevó un monumento que incluía detalles nostálgicos como la desaparecida Torre del Orejón y el ‘Tío Relojero’.
Un triste adiós
Incluso después del trauma de la Guerra Civil, el espíritu fallero intentó rebrotar en lugares inesperados. En la primavera de 1946, en la bodega de Gaspar Tomás Conca, conocida como ‘Candileja’, surgió de forma espontánea el deseo de construir una nueva falla.
En una tertulia entre vinos, entusiastas como Pedro ‘El Americano’ y el artista Pepe Cortés decidieron levantar un monumento que criticaba la época del estraperlo, incluyendo un tren y el escudo de la ciudad. Fue un último destello de la creatividad que los años treinta habían sembrado.
A pesar de que el boletín ‘El Fallero’ de 1936, presidido por Juan González Mayoral, soñaba con que Villena proporcionara «beneficios económicos al comercio» y un «acercamiento espiritual entre pueblos limítrofes» a través de las fallas, la historia tenía otros planes. El inicio del conflicto bélico y la posterior crisis de las propias Fiestas de Moros y Cristianos impidieron que este movimiento se consolidara.
Hoy, las fallas de Villena quedan como un testimonio de una ambición cultural que, aunque no prosperó permanentemente, logró que durante unos años la ciudad soñara con ser la capital del fuego y la sátira en la comarca.
Una pasión ya desmedida por los Moros y Cristianos provocó que otras festividades nunca se terminaran de arraigar
Reducto del fuego
Aunque el núcleo urbano de Villena vio cómo sus fallas se desvanecían entre la penuria y la guerra, la tradición del fuego encontró un refugio inexpugnable en sus pedanías. Como si de un pariente lejano de aquellos monumentos de los años treinta se tratase, las célebres hogueras de La Encina han logrado mantener viva la llama de la sátira y el arte efímero.
Iniciadas formalmente en las fiestas del año 1962, estas celebraciones en honor a San Juan se han convertido en el testimonio más vibrante de que el espíritu del fuego nunca abandonó del todo el término municipal.
Unas fiestas que comparten con las antiguas fallas villeneras una esencia fundamental: la capacidad de unir a la comunidad en torno a la creación y posterior destrucción purificadora que aporta el fuego.
Parte del ADN local
En La Encina, al igual que ocurrió en las iniciativas históricas de la plaza de Santa María o la plaza de Biar, confluyen la alegría, la convivencia y la fraternidad. Un ritual donde la pedanía se vuelca en la construcción de monumentos que, si bien tienen su propia identidad ‘foguererera’, beben de esa misma fuente de ingenio popular que intentó florecer en la década de los treinta.
Hoy, mientras los Moros y Cristianos siguen siendo el corazón de Villena, las hogueras de La Encina, nos recuerdan que la fascinación por el fuego sigue siendo parte del ADN local. Son el eco de un sueño que no prosperó en la gran ciudad, pero que encontró en la calidez de sus pedanías el combustible necesario para arder con fuerza cada solsticio de verano.


















