Nuestras mistificaciones, en ocasiones, tapan nuestras posibles virtudes. Las que acumuló la cantante y actriz valenciana María de la Concepción Piquer López (1906-1990) la condenaron a una mezcla de fabulación vital y maledicente ostracismo. Empañan el recuerdo de una notable artista, Concha Piquer (quedan sus discos, grabaciones, películas), que triunfó además allende los mares.
Quizá repasar estas mistificaciones nos pueda ayudar a acercarnos a la vida, a la biografía, de esta artista. Comencemos, para no agriar de entrada, por el mito más amable. Nuestros mayores lo decían y aún se escuchan hoy ecos: “viajas más que el baúl de la Piquer”. La frase no dejaba de constatar el triunfo internacional de la valenciana.
Allende el océano
Su más bien magra filmografía como actriz, seis películas, casi todas españolas (por ejemplo ‘La bodega’, 1930, de Benito Perojo, 1894-1974, basada en Vicente Blasco Ibáñez, 1867-1928, se coprodujo con Francia y tuvo distribución internacional, con el título anglosajón de ‘Wine Cellars’; en Brasil, ‘Vinho e Pecado’), no da idea de su proyección aduanas afuera. Especialmente sus atesorados triunfos en Nueva York, en Broadway, que entonces definían el Hollywood del teatro.
Especialmente ‘The Dancing Girl’, en 1923, cuyo éxito iba a apalancar la carrera teatral estadounidense de Concha Piquer hasta comienzos de los años treinta. Soplaban extraños vahos tras el Crac (o Crack, o Crash) bursátil del 29, de 1929, y la Piquer rehízo, una vez más, el baúl y marchó a casa. No lo sabía, pero se avecinaban tiempos broncos. De primeras, Guerra Civil Española (1936-1939).
Un éxito, ‘The Dancing Girl’, apalancaría su carrera en Estados Unidos
Mujer libre
De ahí nace el otro mito, este menos amable: Concha Piquer como franquista. La familia ya lo ha desmentido, razonadamente, por activa o por pasiva, como tópicamente se dice. Pero algunos revisionismos políticos, de estos que nos señalan a quién idolatrar y a quién odiar, erre que erre. Hablamos de una mujer que, en aquellos tiempos, fumaba, conducía su propio vehículo y hasta protagonizaba anuncios de bebidas de cola americana.
Porque el Caudillo, Francisco Franco (1892-1975), recelaba de las bebidas de cola americanas (luego, la camarilla que creció en su entorno entró al trapo con estas). Y aún más de las madres solteras, y todavía más si lo eran por decisión propia, por ejemplo por gestar de un hombre casado. Si es que hasta, en 1940, le dijo no a Franco.
Hablamos de una mujer que entonces fumaba y conducía su propio vehículo
Negativa al Pardo
La anécdota resulta curiosa, hasta sabrosa: al Caudillo le gustaba la copla, y llamaban al palacio del Pardo a las coplistas para que dieran funciones allí. Y a Concha Piquer la denominaban ‘la emperatriz de la copla’: tenía que ir allá. Pero ya. Sin embargo, la Piquer se descolgó con que no había tomado su té y que iría en otra ocasión. No son pinceladas de una adicta al Régimen.
Realmente, sobrevivió, como todo el mundo, y el cariño popular la mantuvo frente a gerifaltes y aduladores del poder. Así, en aquellos tiempos en que no existía el divorcio se enamoró del torero Antonio Márquez Serrano (1899-1988), de elegantes suertes, al que llamaban ‘el Belmonte rubio’ (la Piquer, en su célebre ‘Tatuaje’, entonaba: “Era alegre y rubio como la cerveza”), y de él tuvo a Concha Márquez Piquer (1945-2021).
Fue introducida en los escenarios neoyorquinos por el maestro Manuel Penella
Aprendizaje autóctono
Otro mito, vayamos a por otro. Como empresaria, muy rigurosa. A ver, Concepción Piquer López venía de cuna humilde, hija de albañil y modista (Pascual Piquer Catalá y Ramona López Ferrándiz), en el barrio de Sagunto (antaño Morvedre), distrito de La Zaidía o la Saïdia, y vivienda de principios del XX, en el veintitrés de la calle de Ruaya, justo donde hoy está la casa-museo Concha Piquer.
Aprendió pronto a gestionarse en los rigores de la vida, y a compaginar estos y afición. El ‘maestro Laguna’ la preparó (algunas referencias hablan del profesor de canto valenciano Manuel Laguna y Ruiz, de neblinosa biografía, pero había muchos profesores, prestigiosos, de canto, y además más de dos Laguna), y el también compositor Manuel Penella (1881-1938) la introdujo en los escenarios neoyorquinos, o sea, en Broadway.
Rigurosidad empresarial
Concha Piquer quedó prendada de la eficiencia estadounidense para estas cosas del espectáculo, y cuando se inició como empresaria para otros artistas, la asumió. Y no le perdonó desliz, para que todo funcionara como máquina engrasada en honor del público, ni al legendario cantaor Manolo Caracol (1909-1973). Llegó tarde a una función, y la Piquer lo despidió. Por ofender así a la platea.
Tampoco le pasó una a la censura. Si en una copla, tonadilla o canción en general alguna estrofa o palabra provocaba alzamiento de cejas del censor de turno, pagaba la multa pero aquello no se quitaba. Punto. Mujer adelantada a su tiempo, de voz poderosa, modulada y clara, empresaria exigente, dejó a la posteridad mucho más que unos ‘Ojos verdes’, o ‘Los piconeros’, o un ‘Tatuaje’. Diga lo que diga el mito.




















