Para la Universidad de València, el Estudi General (1499), aquel 1785 resultó algo especial. El eclesiástico Francisco Pérez Bayer (1711-1794), filólogo, hebraísta, promotor cultural y, además, prestigioso numismático, decidió regalar a la institución su biblioteca personal. El organismo, pese a la generosa lista de estudiantes, y no menos en cuanto a profesorado, carecía de una. Aquello supuso la siembra y el arranque de la actual biblioteca universitaria.
Es cierto que las ironías de la vida se cobraron, durante la guerra de la independencia española (1808-1814, la ‘guerra del francés’ o ‘francesada’), buena parte de los volúmenes donados. Un incendio en plena refriega bélica, en 1812, redujo a cenizas la parte material de la ofrenda a la entidad, pero no el espíritu de esta. La universidad prácticamente ya no iba a carecer de biblioteca.
Apoyos variados
Cuando desaparece una biblioteca perdemos mucho, aparte de los incunables: Alejandría (48 a.C.), Constantinopla (1204), Hamburgo (1943), Sarajevo (1992). Y muchas más, en buena parte debidos a guerras. En este caso, se trataba de la biblioteca recolectada, alimentada incluso con publicaciones propias, de un auténtico erudito, quien además apoyó activa y personalmente a cuanto talento descubrió. Ya contamos sobre uno de ellos (‘Recolectando voces y autores’, junio 2024).
Allí hablábamos de Justo Pastor Fuster y Taroncher (1761-1835), quien escribiera aquel diccionario castellano-valenciano y la enciclopedia de autores autóctonos. En el fondo, se trataba de impulsar la cultura en todas sus manifestaciones, más que de apoyos meramente personales. Quizá el mismo espíritu que había impulsado su donación al Estudi General. ¿Por qué esta ánima? ¿Quizá por su formación y labor como religioso?
Todas las biografías consultadas hablan de su origen humilde
Barrio del Pilar
Las biografías consultadas hablan del origen humilde de Francisco Pérez Bayer. Y de su interés, desde muy pequeño, por formarse intelectualmente. Maticemos: es cierto que no había nacido en cuna noble, sino en la calle Palomar (en la hoy barriada del Pilar), número 6 (pusieron una placa recordándolo), antes (de 1657), calle Pastor. ¿Y qué había por tan céntrico e histórico callejero? Entre otros habitantes, artesanos.
Desde la turolense Saldón había llegado su padre, tejedor. Murió demasiado pronto y la vida le arrasó no solo la existencia, sino también nombre y biografía. Sí sabemos al menos que su madre, la castellonense Josefa María Bayer, de referencias biográficas también ignotas, se volcó en que el hijo pudiera desarrollar sus capacidades. Había una familia castellonense a la que acudir. Y ayudas y prebendas gremiales.
Becado, viajó a Italia, donde conoció al gran hebraísta Blaisio Ugolino
Hebraísta italiano
Así, el joven valenciano iba a seguir, convencido y aun ilusionado, a tenor de sus impresiones sobre ello, una larga pero densa minuta estudiantil: Gramática en Castellón de la Plana, Filosofía en el Estudi General (según los postulados tomistas, o sea, de Santo Tomás de Aquino, 1225-1274, donde razón y religión se daban la mano), además de Teología (con beneficio eclesiástico en la parroquia valenciana de San Andrés).
No terminaba aquí. Tras recibir las órdenes sagradas, marchó a Salamanca. Allí tocaba Jurisprudencia. Becado, viajó a Italia, donde conoció al gran hebraísta Blaisio Ugolino (1702-1775). Abrazó el estudio de esta especialidad. Volvió a España y ya no paró. Fue canónigo tesorero de la catedral de Toledo. Catalogó los manuscritos de la biblioteca de El Escorial (las bibliotecas, otra de sus pasiones).
Decidió en tierra materna construir una iglesia en lo que sería Benicàssim
Tierras familiares
Ejerció también como preceptor de los infantes reales. Gozó, de hecho, de gran influencia en la Corte, que usó para extender religión y cultura, especialmente cultura. Escribió libros aún hoy importantes, como ‘Origen de las voces españolas derivadas de las voces hebreas del alfabeto’ y ‘Lengua de los Fenices, y sus colonias’ (1772), o ‘Viajes literarios’ (1782). Se convirtió también en toda una referencia, y no solo en el ámbito español, como anticuario y numismático.
Antes, sin embargo, ya dijimos que teníamos que matizar con respecto a sus orígenes humildes. El padre de Francisco Pérez Bayer, como muchos otros en aquella época y en esta, juntó tierras aquí y allá. Unas servirían para costear, pero otras siguieron en poder familiar. ¿Y qué iba a ocurrir al administrarlas el intelectual y religioso valenciano?
Fundando poblaciones
¿Qué tal una pista? ¿Y si viramos hacia una de sus firmas por la época: Francisco Pérez-Bayer y Benicàssim? Sí, como la ciudad castellonense de Benicàssim, cuya fundación (anteriormente, en unas tierras que fueron de unas manos a otras, solo hubo mínimos poblamientos, con notable intermitencia) se le atribuye, cómo no, a Francisco Pérez Bayer. De nuevo en tierra materna, decidió construir una iglesia en el lugar.
Nació, de esta forma, asociada al templo, la población actual (en realidad, de forma oficial, esto había ocurrido con la Carta Puebla de 1603), al aglutinarse los dispersos núcleos poblacionales en torno a la construcción religiosa promovida por el valenciano. Y este, que había nacido un 11 de noviembre, fallecía un 27 de enero después de haberse marcado una generosa biografía como la narrada.




















