Entrevista a Resu Belmonte / Actriz y cantante (Alaquàs, 11-septiembre-1965)
Podríamos presentarles a Resu Belmonte como actriz, aunque también como directora, docente, cantante y muchas cosas más, siempre con el deseo de compartir conocimientos. Es una versión femenina de lo que llamamos Hombre del Renacimiento, pues sabe hacer prácticamente de todo.
De niña jamás pensó en dedicarse al mundo artístico, “pese a ser muy dicharachera y apasionarme la música”. En su devenir fue clave su padre, Benjamín, con quien no paraba de cantar, escuchando casetes de Antonio Molina, Marifé de Triana, Lola Flores… Se desplazó pronto a Barcelona, donde forjó una larga carrera actoral, antes de regresar a València.
En la actualidad es profesora de interpretación, actriz de doblaje, animadora en residencias de mayores y continúa haciéndonos disfrutar tanto en las tablas como en diferentes productos audiovisuales. “Me siento cómoda en ambos medios”, apunta; recientemente la vimos en ‘Valenciana’ (2024) y ‘Pequeños calvarios’ (2025).
La cuestión del edadismo
Mujer de gran belleza, Resu es consciente de su edad, “una cuestión que directamente me aplasta”. Apenas existen castings para mujeres de sesenta, manifiesta, porque en esta profesión, “más allá del sexismo y machismo, hay edadismo”.
“Una señora actual de sesenta es como hace dos siglos una de cuarenta”, remarca, con un punto de rebeldía, “no lo entendemos, parece que no les suceden cosas a las personas mayores”. Eso, sin embargo, no pasa tanto en los hombres, sugiere. Optó por afianzarse en la docencia, otra de sus pasiones, como nos puntualizará.
¿Cómo recuerdas tu infancia?
Era muy observadora y tampoco paraba quieta, me gustaba imitar (gestos, voces…), soñaba con tener un hermanito, aburrida de estar sola.
Recuerdo las reuniones familiares, donde montábamos el ‘sarao’, siempre de una forma espontánea; conseguía letras de distintas canciones, para que mi padre me las cantara, enseñándome los melismas, esos dibujos melódicos que se crean con la voz.
¿Deseabas entonces ser cantante?
No diría eso. Simplemente en cualquier verbena mi padre se ponía a cantar y yo le acompañaba, con temas muchas veces de Rocío Dúrcal o Marisol. ¡Me fascinaba!
Aunque intenté entrar en un grupo de teatro de mi pueblo, Alaquàs, el chico que nos dirigía de repente lo dejó, frustrándose parte de mis sueños.
Anhelos que se mantuvieron.
Observando una cartelera, leí algo así como “crecimiento personal”, seguido de escuela de teatro. Contaba con diecisiete años, estudiaba COU y ayudaba a mis padres en el negocio familiar.
Me presenté en la academia -Teatre A Banda-, ubicada en el centro de València, a pesar de que ese mismo curso tenía previsto comenzar biología. En la universidad duré poco más de un mes.
«Fui muy feliz en mi primera escuela teatral, con compañeros como Ana Duato, Josep Manel Cassany o Empar Canet»
¿El gusanillo del teatro ya te había picado?
Fui tremendamente feliz en esa escuela teatral, con compañeros como Ana Duato, Josep Manel Cassany o Empar Canet. Varios de nuestros profesores, además, fueron Rafa Calatayud y Carles Alfaro, a quienes admiro todavía profundamente.
Esos dos años fueron de disfrute y aprendizaje. Realmente me cambió la vida, siendo consciente que aún me faltaba mucho.
¿Por eso preferiste marcharte a Barcelona?
Todo resultó un cúmulo de casualidades. En un festival de teatro que se celebró en Pamplona me topé con a una amiga que iba a presentarse al Institut del Teatre, de Barcelona; me indicó los requisitos, preparé un monólogo y allí que me fui.
Fueron dos semanas de pruebas, a las que acudí con mucho empeño y poca fe, a pesar de estudiar a conciencia. Pero me aceptaron, se cumplía un sueño.
«Claro que sentí miedo cuando me marché a Barcelona, pero veía un mundo de oportunidades, llegaba a la meca cultural»
¿No sentías miedo, vértigo?
Muchísimo, pero también veía un mundo lleno de posibilidades y valía la pena. Para mí la capital catalana era la meca de la cultura nacional, estaba en un sueño, como decía. Todavía soy amiga de mis compañeros de primer año.
¿Tanto te marcó esa etapa catalana?
No solo estudié en Barcelona, sino que me fui quedando. Entré seguidamente en la compañía ‘La Trepa’, en el Teatre Regina, con los que estuve seis o siete temporadas, representando numerosas funciones (infantiles y familiares).
Me fui consolidando en Cataluña, a la par que adquiría otra lengua que amo profundamente. Eso me hizo apreciar todavía más la mía natal.
Si tan feliz eras en Barcelona, ¿por qué regresaste?
Después de nacer mi hijo Daniel, en 2007, me trasladé a Barranquilla (Colombia), donde fui docente de arte dramático para la Universidad del Atlántico. Era para mí como empezar de cero, una cuestión recurrente en mi vida, por aventura, amor o responsabilidad familiar. ¡Soy fiel a mi nombre, Resurrección! (ríe).
En mi regreso a València, años después, volví a subirme a los escenarios, para recomponer mi círculo personal y profesional, hasta el día de hoy. Afortunadamente conté con compañeros tan queridos como Rafa Cruz, quien me ofreció su escuela (‘Off’) en el momento que volviera a casa.
Enuméranos tus obras más relevantes.
Son muchos los valencianos que todavía se emocionan rememorando ‘El temps i els Conway’, ‘La bona persona de Sezuan’, ‘Jocs de xiquetes’ o ‘Les Troianes funcking nowhere’. En Cataluña hice ‘Cacao’, ‘La dama i el detectiu’, ‘Medea mix’ y ‘De què parlavem?’, la última obra representada en el Teatre Arnau del Paralelo.
«Antes del estreno me pongo nerviosa, circunstancia que intento controlar con ejercicios de respiración»
¿Te sigues poniendo nerviosa la noche del estreno?
Uf, muchísimo. Intento minimizarlo haciendo respiraciones y focalizando mi mente, repasando texto o frases en concreto. En ese tipo de procesos me ayuda sobremanera el yoga que aprendí en Rishikesh (India); esta disciplina milenaria fue un salvavidas para mí.
Allí fui consciente que uno de nuestros grandes temores es estar expuesto -el miedo a no ser aceptado- y por eso la mirada del otro es tan determinante. Vivimos en comunidad y tu supervivencia se puede ver amenazada; ¿cómo no vas a querer ser amado por tu entorno?
Volvamos a las tablas, ¿qué sientes sobre ellas?
Si percibes que el espectador te escucha, vives ese diálogo. Además, el público reacciona a lo que tú propones -una carcajada en una comedia o un llanto en un drama-, ¡por supuesto que notamos esa comunión!
El crítico e historiador argentino Jorge Dubatti (1963) habla del convivio, que no deja de ser un encuentro para compartir momentos. Sucede en el teatro, y cuando sientes esa comunión es orgásmico (ríe).
«De joven era más impetuosa, aprendí con los años, aunque me sigue encantando preguntar a los directores»
¿Eres una actriz obediente o a veces rebelde?
Depende de muchos factores. Si el director te permite y te pregunta, soy de las que aporta, siempre con respeto. De joven era más impetuosa; con los años he desarrollado una ética profesional, y un poco más de autocontrol (ríe). Sí me fascina hacerles preguntas, saber el porqué de las cosas.
Venimos de una era dominada por la estructura piramidal, pero por fortuna estamos descubriendo nuevas maneras de trabajar, más democráticas. Si llamamos rebeldía a perseguir la horizontalidad, rebelde soy mucho mejor, como decía Mae West.
¿Lo has sufrido en tus propias carnes?
Muchas veces, machismo y acoso. De todas las mujeres actrices que conozco, ¿quién no lo ha padecido? ¡Era así, estaba normalizado!, y pese a estar en el siglo XXI todavía no hemos superado ese tipo de condicionamientos.
¿Hablamos de tu faceta como directora?
La inicié realmente en Barranquilla, ciudad caribeña en la que pasamos cuatro años. En cuanto llegué y supe que buscaban una profesora de arte dramático, arrancó mi colaboración con ellos, lo que me permitió debutar en la dirección.
En total completé seis montajes, entre ellos, ‘Yo fui Hamlet’, ‘Esperando a Godot’, ‘La buena persona de Sezuan’, ‘Arquelino, servidor de dos patrones’ o ‘La vida es sueño’.
«Gracias a la publicidad se ha sostenido mi economía, he hecho muchos spots, siendo incluso la mamá de McDonald’s»
¿Audiovisual has hecho menos?
Sí, pero disfrutándolo del mismo modo. Lo primero que hice fue un anuncio para la firma Spontex, de guantes, que recorrió medio mundo. Su director, Albert Saguer, me convocó para muchos otros castings, ¡fui incluso la mamá de McDonald’s! Debo decir que gracias a la publicidad se ha sostenido mi economía.
Saguer rodó a continuación una película, ‘Vivancos 3’ (2002), con El Gran Wyoming y Javier Gurruchaga, entre otros, en la que colaboré. En TV3 participé en series, como ‘Plats bruts’ (1999) o ‘Porca misèria’ (2004), ambas con Joel Joan como principal protagonista.
«Teatro y audiovisual me gustan por igual; del primero sobre todo los ensayos, pasar tiempo con los compañeros, la creación»
¿Dónde te sientes más cómoda?
Por igual, el audiovisual también me apasiona. En los últimos tiempos he hecho dos intervenciones y me sigue maravillando, la sensación de equipo y de ir todos a una. A todo lo que hago intento ponerle presencia y minuciosidad, como buena virgo. Quiero que salga siempre perfecto y estupendo, pese a que muchas veces es complicado.
Teatro y audiovisual son medios distintos. Del primero me gustan sobre todo los ensayos, por ser un proceso de creación, ir probando, creciendo, día a día. El cine es más darlo todo en la jornada de rodaje. Me fascinan ambas, también la docencia.
Charlemos ahora de otra pasión, la música.
Pasé un tiempo en Milwaukee (Estados Unidos), con una beca de posgrado. Al volver, me vine arriba y me propuse ser cantante de boleros a los cuarenta. Lo conseguí, aunque una gira por toda España de año y pico con ‘Dagoll Dagom’ -representando ‘Cacao’- llevó al traste ese deseo musical.
Aquello posiblemente fue la semilla de mi actual proyecto, ‘Resubel & Fuentes’, un dúo musical -junto a José Fuentes- de música íntima, en el que proponemos canciones de amor y dolo. Hemos puesto mucho cariño y empeño en lo que llamamos canciones bisturí, denominación que me atraviesa.
¿Tanto como la docencia?
Sí, transmitir mis conocimientos me parece casi un ejercicio espiritual, hermoso. Precisamente en India, mientras estudiaba yoga, evidencié que los saberes que uno adquiere en la vida conviene devolverlos al mundo, lo bello y justo es compartirlos con otros seres, incluida mi gata Osuna.
¿Serás una profesora estricta?
¡Qué va!, soy una payasa. Les hago muchísimo reír, perversamente, así desinhibo algunos bloqueos que puedan tener, básico en esta profesión. Hacen caso a mis explicaciones, soy la profe que casi siempre mola (ríe).
La autoridad se gana con el respeto, comprueban entonces cómo evolucionan artísticamente con aquello que les puedo aportar.
¿En qué estás focalizada ahora?
Lo único que puedo adelantar es que en unas semanas iniciaremos una peli en València. El mío es un papel hermoso, junto a un elenco divino. Estoy tremendamente ilusionada.


















