“Tenemos claro que no vamos a cambiar el mundo”, apunta Teresa Ruiz Jara, una de las fundadoras del Grupo Abril, “sin embargo, intentamos llegar allí donde se precisa ayuda, para marcar una diferencia, proporcionarles apoyo, calor humano”.
Creada en 2010 como una asociación sin ánimo de lucro, “sin ningún tipo de subvenciones”, buscan devolverle a la sociedad un poco de lo que brinda diariamente. “Ayudamos para que haya la mayor igualdad posible, especialmente a personas con exclusión social”, inciden.
Se focalizan en los migrantes y personas necesitadas de Elda, familias en una situación de vulnerabilidad extrema. “Sienten preocupación y no saben cómo solucionar, por ejemplo, los problemas jurídicos”, expresa Teresa, “les asistimos en eso”.
La ayuda se focaliza en los migrantes, en familias en una situación de vulnerabilidad extrema
Lunes y miércoles
La entidad cuenta con un local en Elda en el que todos los lunes y miércoles atienden a las familias, para conocer qué necesidades tienen. “Cuando se produce una catástrofe actuamos”, como es el caso de Ucrania, país al que fueron y del que después acogieron refugiados.
También tras el terremoto de Ecuador o la dana de València, “fuimos a los municipios afectados”. ¿De dónde procede el dinero?, “de nuestros bolsillos”, remarca Teresa, “pero no perdemos nada, le devolvemos a la sociedad la suerte de vivir en un país sin guerras, escolarizado, con una buena sanidad pública…”
Parte de sus recursos proceden de las fuertes campañas de Navidad, fundamentales, y la alimentación que a diario les regala algún supermercado “siempre en buenísimas condiciones”.
Sus recursos proceden de las campañas de Navidad y de alimentos que les donan a diario
El Proyecto Puntaicas
Grupo Abril lleva quince años trabajando en Etiopía, país que requiere de mucha colaboración, “o de un milagro de Dios”, sugiere. En el país africano han llevado a cabo iniciativas maravillosas, como un aula de ancianos o una escuela, en la que ahora asisten a clase alrededor de setecientos niños.
Descubrieron entonces el problema que sufren las mujeres etíopes, “100% invisibles”, pues a partir del momento que les baja la menstruación abandonan la enseñanza y dejan de hacer su vida. Nació el Proyecto Puntaicas, “comenzándolo desde abajo, para que pudieran vivir con normalidad”.
Fabricaron primero un aula, expresa para ellas, y portaron cientos de compresas de tela, concretamente a una zona horrible de Addis Abeba, la capital. “Allí hemos llevado a cabo un taller de costura, para el que solicitamos un euro al mes, menos de lo que vale un café”.
«El primer impacto es duro, pero a Etiopía venimos a trabajar, a cambiar las cosas» T. Ruiz Jara
«Rabia hacia mi mundo»
Viajan a Etiopía cada seis o siete meses, “cuando económicamente podemos”, para llevarles el dinero recaudado y poder continuar con el proyecto. “Urge un milagro, insisto, o tener un colchón, alguien que nos preste 9.000 euros”, advierte Ruiz Jara.
Respecto a qué siente, se sincera y nos comunica que “el primer impacto es duro, pero a Etiopía venimos a trabajar, a cambiar las cosas; nunca a ellos, que tienen unas tradiciones y costumbres que por supuesto respetamos”.
“Realmente siento rabia hacia mi mundo, cuando oigo a la gente quejarse”, argumenta, antes de agregar la suerte de haber nacido en España, “por muy mal que estemos, jamás sabes qué es una situación extrema hasta que viajas a esos países”.
El niño y la madre
Anécdotas les acontecen miles, “llevo veinte años yendo a África”, expone, normalizando una situación que es aterradora. En el último viaje se cruzó con un niño de menos de dos años y en su idioma, el amhárico, le preguntó si quería pan y leche.
Al entrar Teresa en la panadería, el menor se quedó en la puerta, donde el conserje -protegiendo su negocio- le propinó un empujón. “Salí, le di la mano, le introduje en el local y le compré varias cosas, entre ellas unos donuts”.
Quiso seguidamente llevarle la bolsa, a lo que el menor se negó. Sí le acompañó hasta su madre -más de cuatrocientos metros-, sentada el suelo, amamantando a un hermanito. “Dejó los alimentos y le entregó un billete, a modo de trofeo; ¡la mirada hacia nosotros fue de tanto agradecimiento!”
Un continente abandonado
Teresa, después de numerosos viajes a África, es consciente que se trata de un continente “dejado de la mano de Dios”. Etiopía, asegura, es un país que tiene de todo, “aunque a las potencias no les interesa que salgan de la miseria”.
“Para que haya un primer mundo debe haber un tercero, es así de sencillo”, lamenta, sabiendo que la gente de allí es increíble, “te ofrecen lo que no tienen”. Su contacto le ha hecho posiblemente muchísimo mejor persona: “Etiopía me ha cambiado la vida”.
Tanto que hace unos años adoptó a un chico (Iago) de ese país; también trajeron a otros dos menores que se instalaron en tierras alicantinas. “Uno ya trabaja, tras licenciarse”, apunta orgullosa, mientras una chica vive feliz en Elda.
En Etiopía, concluye, te das cuenta que la nuestra, la europea, alberga a personas tan pobres que “únicamente tienen dinero”.


















