Entrevista a Julio Tormo Ases / Presentador y escritor fallero (València, 14-septiembre-1952)
València huele a pólvora y Julio Tormo es, indiscutiblemente, su cronista más carismático. Con una trayectoria forjada en la transgresión de los años setenta y consolidada como la voz institucional de la fiesta, Tormo nos recibe para analizar el pasado y el futuro de las Fallas.
Hablamos con un romántico que ha dedicado su vida a ensalzar la cultura valenciana desde televisión y las letras.
¿Cuándo empezó a fraguarse esa pasión por el monumento en su infancia?
Desde muy pequeño, en Ruzafa, mi familia me dejaba una habitación entera para construir fallitas de papel. Me encantaba escuchar por la radio la elección de la Fallera Mayor. A los quince años me apunté a mi primera comisión, Tomás de Villarroya-Óscar Esplá, cumpliendo así mi gran ilusión de formar parte de este mundo.
«Soy un enamorado de las fallas en los colegios porque fomentan el amor por la tradición»
Háblenos de aquel hito histórico en el Colegio del Pilar con su falla escolar.
En 1968, cursando sexto, propusimos hacer una falla en el centro. Fue la primera y única falla de colegio que participó oficialmente en el concurso infantil de la Junta Central Fallera. Tuvimos como mantenedor al poeta Jaime Siles. Soy un enamorado de las fallas en los colegios porque fomentan el amor por la tradición.
¿Qué significó fundar una comisión tan transgresora como la mítica Falla King Kong?
Nació en plena transición, en un momento de efervescencia política. Nosotros éramos jóvenes y queríamos romper esquemas. Encargamos un King Kong que destruía la ciudad como crítica a la desaparición de edificios modernistas y a otros temas sociales urgentes de aquel momento.
«Yo fui el culpable de que la fiesta saliera de los casales»
Cuéntenos cómo surgió esa idea de sacar el casal y la fiesta a la calle.
Fui el culpable de que la fiesta saliera de los casales. Antes se celebraba todo dentro de los locales privados. Nosotros pusimos un cañizo en la calle, trajimos orquestas y verbenas donde actuaba Monleón entre otros. Queríamos que el pueblo participara directamente. Aquello causó una gran sublevación de los vecinos, que nos tachaban de todo.
Ese comportamiento tan trasgresor les llegó a costar una sanción, ¿De qué manera les afectó?
A la directiva nos castigaron a perpetuidad, no podíamos tener cargos. Pese a estar sancionado, yo seguía ayudando a montar actos y exaltaciones. Finalmente, en un congreso fallero nos levantaron las sanciones a todos, igual que a Joan Monleón. Fue una época apasionante de discrepancia, marcada por la guerra de las banderas, pero con menos polarización agresiva.
Explíquenos cómo fue su experiencia al ser nombrado mantenedor de la Fallera Mayor Infantil.
Fue en 2009, con María Berbel. Una responsabilidad enorme y un honor. Recuerdo que paseaba a mis cinco perros por la calle recitando el discurso en voz alta para aprendérmelo de memoria. La gente que me veía por la calle pensaba que estaba loco, hablando solo con los animales. Fue uno de los momentos más felices de mi trayectoria.
¿Resultó muy laborioso el proceso de investigación para su libro sobre las Falleras Mayores?
Me costó más de tres años porque no había nada escrito sobre ellas. Tuve que realizar muchísimas entrevistas para cubrir desde 1931 hasta el presente. Fue apasionante conocer a señoras de los años treinta o cuarenta que estaban casi olvidadas. El libro me permitió regenerarme en la historia de València y entender la evolución del contexto histórico local.
¿Cuál es el rasgo que más destacaría de todas esas mujeres tras conocer sus historias?
Su increíble entereza ante la adversidad. Muchas han afrontado enfermedades o tragedias familiares en absoluto silencio para mantener la sonrisa pública. Vanessa Lerma estuvo sonriente en la Cremà mientras su padre agonizaba en la UCI. Rocío Gil o Sandra Bonet también vivieron procesos familiares durísimos días antes de sus actos más importantes. Esa es la verdadera grandeza institucional.
Respecto a la evolución de la fiesta, ¿qué tradiciones cree que se están perdiendo actualmente?
Se están perdiendo los pasacalles del mediodía y la Despertà. Ahora las verbenas acaban tardísimo y la gente no tiene fuerzas para la mañana. Prima más el alcohol y el ‘tardeo’ que la propia identidad de la falla. Debemos recuperar las buenas bandas de música. El fallero debe ser un romántico sacrificado, no solo un festero de copas.
¿Considera que el turismo masivo puede ser un arma de doble filo para València?
Las Fallas nacieron para promocionar nuestra ciudad, pero corremos el riesgo de convertirnos en una fiesta de borrachera, como ocurrió con San Fermín. Quiero que el turista venga a ver obras de arte efímero, a escuchar música y a vivir la pólvora. El problema surge cuando la fiesta nocturna devora la importancia cultural del monumento fallero.
¿Por qué considera que es tan vital la estructura de las comisiones falleras?
Porque son el alma de los barrios. Realizan una labor cultural y asociativa que la sociedad no siempre valora. En la reciente dana se demostró su solidaridad recogiendo ropa y enseres de forma masiva. Es una red donde nos conocemos todos. Las peluquerías, ferreterías y negocios de barrio funcionan gracias al movimiento social que generamos.
«Al cruzar el umbral del casal, todos somos iguales»
Terminando esta entrevista, ¿qué le pide personalmente a las Fallas de 2026?
Primero, buen tiempo. Que no llueva. Los falleros somos un pueblo tolerante y abierto. Al cruzar el umbral del casal, todos somos iguales, sin importar el cargo. Deseo unas celebraciones tranquilas donde la gente salga a la calle a disfrutar de nuestra esencia.

















