Ha llegado marzo y, con él, las calles de una multitud de ciudades valencianas se han llenado de color, música, banderas y olor a pólvora y churros. Esa emoción que se palpa en el aire es, precisamente, la que demuestra que las Fallas no son una fiesta cualquiera, sino una tradición generacional.
Para entender cómo han acabado atrayendo a turistas de todas partes del mundo y lo han conseguido, además, sin perder sus raíces, hay que retroceder en el tiempo. Esta es la historia de una sencilla costumbre que terminó convirtiéndose en uno de los rituales más ricos del mundo.
Nacimiento de una tradición
Existen muchas teorías sobre el verdadero origen de las Fallas. La tradición de un gremio, la herencia del Carnaval, un rito primaveral, un vestigio pagano… La realidad, sin embargo, es que ninguna de estas hipótesis ha podido demostrarse.
Algunos historiadores afirman que la referencia más antigua de estas hogueras, que no de la fiesta, data de 1740, cuando un bando municipal prohibió organizarlas durante la Cuaresma debido a “la estrechez de las calles”.
En 1751, el notario valenciano Carles Ros mencionó en uno de sus textos la ‘plantà’ y posterior ‘cremà’ de “seis o siete figuras de bulto muy bien hechas en el centro de la ciudad”. A lo largo del texto también criticó diversas situaciones cotidianas escribiendo, así, lo que hoy conocemos como la explicación de la falla.
Once años más tarde, en 1784, el corregidor de València prohibió situar estos muñecos en las calles durante el día anterior a San José y exigió que se colocasen en las plazas y cruces de la ciudad para evitar incendios.
La huelga vecinal que lo cambió todo
Con el paso de los años y el comienzo del siglo XIX, la ciudad creció y los monumentos comenzaron a ocupar más espacio y a parecerse a lo que son hoy en día. Por aquel entonces, quienes participaban en la tradición pagaban una pequeña tasa de cinco pesetas.
Debido a la inflación y a los costes de producción de las figuras, cada vez más elaboradas, el consistorio comenzó a cobrar una cantidad más alta, llegando, en 1886, a subir el precio hasta las sesenta pesetas por escultura.
Los falleros, indignados, se negaron a pagar y organizaron una protesta, argumentando que no podían negarles una tradición tan popular y dejando las calles de València sin ‘cadafales’. Este conflicto marcó un antes y un después, puesto que las Fallas ya eran una costumbre con sus implicaciones económicas y políticas.
Tan solo diez años más tarde se canceló por segunda vez la fiesta debido a la creciente tensión del país y la inminente Guerra Hispano-Estadounidense.
Hasta el siglo XX, la fiesta duraba solo dos días y apenas tenía actos
Inicio del siglo XX lleno de primeras veces
A principios de esta etapa los vecinos que solían plantar fallas comenzaron a agruparse, formando así algo parecido a las comisiones de hoy en día. Poco después, en 1927, nació el primer tren fallero, una medida que pretendía aumentar el turismo invitando a los madrileños a disfrutar del 18 y el 19 de marzo en el ‘cap i casal’.
Ya en 1932, se organizó la primera semana fallera, que aumentó los días de la fiesta y, tras un concurso de ideas, implantó la cabalgata de la Crida y la cabalgata del Fuego, moviendo el principio de la celebración josefina al 13 de marzo.
La primera fallera mayor de la ciudad con ese título, Amparo Albors, fue nombrada en 1934, mismo año en el que surgió la ‘exposició del ninot’. Los infantiles, en cambio, no tuvieron representación hasta 1941 ni tampoco sus propios monumentos oficiales hasta 1952.
Tras la Guerra, el régimen creó la Junta Local Fallera como mecanismo de control
Guerra Civil y el control del franquismo
El conflicto bélico trajo consigo la suspensión de las Fallas entre 1937 y 1939. Sin embargo, según la Universidad de València, en este primer año de restricciones ‘l’Aliança d´Intel·lectuals per a la Defensa de la Cultura i del Sindicat d´Art Popular’ criticó la sublevación fascista mediante cuatro monumentos y una edición especial de la revista ‘Nueva cultura’.
Tal y como mencionan la Asociación de Estudios Falleros y el Museo Valenciano de Etnología, cuando el régimen volvió a poner en marcha la fiesta se encontró, muy a su pesar, con todo un símbolo de la sátira y del sentimiento valencianista. Ante esta situación, creó la Junta Local Fallera como un instrumento de control político e ideológico.
Aunque bajo un gobierno autoritario que no aceptaba críticas ni bromas, la fiesta comenzó a recuperarse poco a poco, consolidándose entre 1945 y 1952. Durante esta etapa de represión surgieron cosas como la sección especial (1942), la Ofrenda (1945) o las recompensas falleras (1947), que premiaban la fidelidad de los altos cargos falleros ligados al régimen.
Ahora las comisiones organizan numerosos eventos culturales todo el año
Transición al nuevo mundo
A partir de ese momento, las Fallas continuaron creciendo en tamaño y complejidad durante las décadas de 1950 y 1960. La profesionalización de los artistas falleros y el uso generalizado del cartón piedra dieron lugar a monumentos cada vez más ambiciosos, mientras la fiesta se afianzaba como un elemento central de la identidad colectiva valenciana.
Por supuesto, la llegada de la transición democrática supuso la recuperación progresiva del carácter crítico y satírico de las Fallas. Además, durante los años ochenta y noventa, la introducción de nuevos materiales como el poliestireno expandido permitió un salto artístico sin precedentes, al tiempo que la celebración comenzaba a proyectarse internacionalmente como uno de los grandes reclamos turísticos del territorio.
Ahora, las comisiones organizan actos culturales de numerosas disciplinas durante todo el año. En parte por esa razón, la Generalitat Valenciana declaró Bien de Interés Cultural Inmaterial a la fiesta de la capital en 2012, e hizo lo mismo con Xàtiva, Gandia, Sueca, Alzira y Torrent en 2016.
Ese mismo año, la UNESCO reconoció la fiesta como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad confirmando así su valor universal y demostrando que una tradición local puede evolucionar sin perder su esencia popular.

















