A principios de marzo, algo cambia en el aire de las ciudades valencianas. No hace falta mirar el calendario: se nota en los talleres con las persianas a medio abrir desde primera hora, en las modistas que apuran encargos y en ese comentario de ‘Ja estem en Falles’. La fiesta está ahí todo el año, pero es ahora cuando se acerca su gran momento.
Es posible que haya quienes se fijen únicamente en el resultado. En los monumentos ya plantados, los vestidos cosidos o en los cohetes que encienden a partir del 1 de marzo. Sin embargo, la fiesta josefina es fruto de meses de trabajo y del esfuerzo de muchos gremios que viven de la celebración.
La indumentaria, la orfebrería, la pirotecnia o los artistas falleros forman parte de un engranaje que combina tradición, técnica y creatividad y hace posible las Fallas. Sin estos imprescindibles, el tercer mes del año sería solo otro más en el calendario.
Hilos que dan sentido a los falleros
Todo empieza con la elección de la tela. Se puede escoger una seda, un rayón, algodón o incluso tapicería. La mayoría están tejidas inspiradas en diseños antiguos o dibujos históricos. A partir de ahí, el trabajo pasa a manos de las indumentaristas, que cortan y cosen cada pieza a medida, cuidando que no falte ningún detalle; que la puntilla sea bonita o que el dibujo esté bien encarado.
El traje se compone de varias partes. Entre otras prendas, están la ropa interior, el corpiño ajustado al cuerpo o el chaleco de los hombres, la falda, a la cual el cancán y la saya le dan su característico volumen y las manteletas, bordadas a mano o a máquina con hilos metálicos.
A lo largo del proceso se hacen numerosas pruebas para que todo quede bien, pero el proceso, en realidad, no termina con la confección. El día del estreno es casi un ritual: cada detalle cuenta y absolutamente todo debe estar perfecto.
Tras lo que pueden llegar a ser varios meses de trabajo, nace una pieza de gran valor, no solo por lo estético, sino por todas las horas de esfuerzo que conlleva y por lo que significa para la fiesta. No es un vestido o un traje de fallero cualquiera, es una forma de mantener viva la tradición.
La indumentaria y la orfebrería conllevan meses de trabajo artesanal
Joyas que viajan a través del tiempo
Otro de los elementos más reconocibles de la indumentaria fallera son las peinetas, adornos o aderezos, que incluyen los pendientes, la joya o broche central y un juego de agujas para el moño. “En primer lugar, se crea el diseño, que a menudo se inspira en dibujos antiguos documentados”, explica Alejandra Capó, fundadora de La Maravilla Orfebrería.
Una vez definido el diseño, se crea un modelo. Este segundo paso puede llevarse a cabo con cera o con modelado 3D que, según la fuente, es un proceso cada vez más habitual. “Después, se crea un molde donde se funde el metal, normalmente latón o rodio. Luego, las piezas se limpian, se pulen y se bañan en oro o plata”, señala.
Colocar los cristales y montar el conjunto completo es el último paso. “Se tarda entre dos y cuatro semanas por cada juego”, dice la orfebre. El precio de un aderezo suele oscilar entre los trescientos y los mil euros, dependiendo de su complejidad o sus materiales.
Detrás de los cohetes hay procesos químicos muy complejos
La pólvora que pone voz a la fiesta
El tercer elemento es la pólvora, igual de importante para la fiesta. Su preparación comienza en la fábrica, donde se elaboran los distintos productos mediante mezclas químicas muy precisas que incluyen compuestos oxidantes, combustibles y reguladores.
“Aquí el más mínimo error que puedas tener de un porcentaje a otro te lo cambia todo”, menciona Pepe Borredà, gerente de Pirotecnia Borredà. Por eso, cada mezcla se prueba en pequeñas cantidades antes de utilizarse.
Después llega el diseño del espectáculo. En el caso de una mascletà, los petardos se colocan siguiendo un orden concreto para conseguir una progresión sonora. “Lo principal es saber la ubicación que vas a tener para trabajar, porque dependiendo de la distancia de la gente o del ancho de la calle tienes que ir repartiendo los calibres”, explica.
Los castillos también tienen una formula distinta según el color de los fuegos artificiales. Para el rojo, por ejemplo, hace falta cloruro de estroncio, mientras que el verde se consigue con bario. Comenta Borredà que, según la zona, se prefiere un espectáculo más o menos relajado, pero al final, “esto siempre es el principio y el final de todo”.
El avance de la tecnología está cambiando algunos de los gremios falleros
Donde el monumento cobra vida
El trabajo de un artista fallero empieza con el diseño. Primero, el boceto. Después, la planificación. “Para empezar hay que tener un presupuesto, saber en qué categoría vas a competir y dónde vas a plantar la falla”, afirma el artista fallero Francisco Vizcaíno.
A partir de ahí, comienza la construcción. Primero, la estructura, normalmente de madera. Sobre ella se colocan las piezas que forman las figuras, elaboradas mediante modelado, moldes o técnicas más actuales.
Después, las figuras se empapelan, se lijan y se preparan para la pintura final. “Las fallas, en general, se hacen de manera manual y con la ayuda de pocas máquinas”, dice. El último paso es el montaje en la calle, donde el monumento adquiere su forma definitiva.
Aunque el proceso ha evolucionado, la esencia sigue siendo la misma. “Hemos pasado de la carpintería exclusiva de madera a un abuso exagerado del hierro. Sobre todo, en las infantiles. Por mi parte intento no perder el espíritu de la crítica en los ninots y hacer la mayor parte de la falla que sea posible en cartón”, concluye el artista.
Manos invisibles que sostienen las Fallas
Junto a estos oficios, existen muchos otros que también forman parte de las Fallas. No podemos olvidarnos, por ejemplo, de las peluquerías que se encargan de peinar a las falleras, las floristerías que preparan los ramos de la Ofrenda o la hostelería que acoge a los visitantes.
Aunque la semana fallera dure apenas unos días, es el resultado de muchos meses de trabajo silencioso. Cuando el fuego consume el monumento y la ciudad vuelve a la normalidad nada termina, porque las manos de Vizcaíno, Borredà y Capó, entre muchas otras, comienzan a dar forma al próximo ejercicio.

















