Entrevista a José Vicente Peiró / Crítico teatral (València, 28-enero-1961)
Amplio defensor de nuestra tierra, José Vicente Peiró creció en un ámbito -el de los Salesianos de Sagunto- con dos pilares fundamentales, cultura y deporte, “aspectos que jamás abandoné”. Se formó, de hecho, como filólogo, ejerciendo como profesor universitario en Castellón durante décadas.
Ese amor por el conocimiento, incluida la lectura constante de tebeos, le condujo a observar con un ojo más analítico las artes escénicas. Considerado hoy uno de nuestros críticos más reputados, comenzó a publicar sus opiniones a finales de los noventa, hace casi treinta años.
Más allá de su eterna fidelidad a ‘Las Provincias’, del que es su crítico teatral desde 2013 -aunque ya colaboraba con anterioridad-, en la actualidad también escribe en la revista ‘Red Escénica’ y dirige ‘Artescénicas’, “publicación que posiblemente deje este marzo”.
¿En qué instante la cultura tomó relevancia?
De bien joven supe que es un bien necesario; un buen ciudadano debe tener interés en aprender día a día, ya sean ciencias o letras. Pongo ambos al mismo nivel; el cine, por ejemplo, era otra de mis pasiones.
¿Cómo te introduces en la crítica teatral?
Tras doctorarme en Madrid, me cautivó la literatura hispanoamericana, centrando mi tesis en la narrativa paraguaya. El teatro ya me agradaba, muchísimo, y había hasta dirigido alguna obra, siempre a escala fallera.
Gracias a la tesis contacté con el dramaturgo Josep Lluís Sirera -fallecido en 2015-, quien me sugirió trabajar en una unidad de investigación teatral. Mi primer desempeño fue hacer un archivo sobre obras amateurs, labor que pronto se paralizó.
Muchos califican el teatro actual como jungla.
¡Lo ha sido siempre! La gente del teatro es muy reivindicativa y existen muchos sectores dentro de la profesión, cada uno con sus propios intereses. Quizás se tendría que crear una Academia Valenciana de Artes Escénicas como elemento de cohesión.
Todavía recuerdo los tiempos del teatro independiente, visible en grupos como ‘El Rogle’ o ‘El 49’, y la programación alternativa que ofrecía ‘Valencia Cinema’. Era un teatro que me atraía, a mis catorce-quince años; había ganas de hacer algo distinto, con mayor sentido profesional.
«Antes se vivía del teatro, sin hacerse rico; no se sobrevivía, como sucede en la actualidad»
¿Esa profesionalidad cuándo se hizo real?
El cambio de los ayuntamientos democráticos generó una transformación. Comenzó a elaborarse mucho teatro de calle y se afianzaron compañías como ‘L’Horta Teatre’, que recientemente celebró medio siglo de existencia.
Se vivía del teatro, sin hacerse rico -ni mucho menos-; no se sobrevivía, como sucede en la actualidad. Desde hace tiempo hay un asentamiento en el teatro valenciano, que ha igualado en calidad al que se realiza en Madrid.
Estamos en un gran momento creativo; lástima que falte una estructura cultural en general, también porque no nos creemos lo que hacemos. ¡Quitémonos los complejos!
¿Entonces podemos estar contentos?
Sí, si nos comparamos con el pasado: nunca ha habido tanta compañía, tanto profesional, ni tanto talento creativo, como señalaba. ¡Tampoco tanta oferta, a veces agotadora!
«Resulta fundamental en todas las artes escénicas que se palpe el conflicto y la tensión»
¿Qué detalles marcan si una obra es buena o no?
Determinante es que no me entre sueño (ríe). El conflicto y la tensión son fundamentales en todas las artes escénicas, que se palpe en el aire. Obviamente también que la obra esté bien hecha; luego podrá gustar más o menos.
«He aprendido a elaborar ideas en mi cabeza, de un modo independiente al disfrute como espectador»
¿Las observas con un ojo distinto?
Tengo una doble postura, la del mero espectador -que mantengo, dejándome llevar- y la de controlar mis sensaciones. Con el tiempo he aprendido a elaborar ideas en mi cabeza, de un modo independiente al disfrute; sigo gozando y me considero sobre todo espectador.
Debo contar, no obstante, con una capacidad analítica y de concentración, sin que nada me distraiga, como la luz de un móvil, tan habitual ahora, aspecto que exaspera a los actores.
Habiendo tanta oferta, ¿seleccionas qué ver?
Siempre en virtud del interés, pensando en el lector del periódico o la revista que colaboro. Voy anotando obras en mi agenda, estudiando las alternativas, porque normalmente todas son a la misma hora (sábado, 20 horas).
Años atrás era diferente, pues una función duraba en València tres semanas; ahora es extraño que esté más de dos días. ‘Personas, lugares y cosas’, con Irene Escolar, se ha representado una vez, en el Teatro Principal.
¿No te da pena?
Muchísima, porque luego hay quien alardea de llenos en las salas, ¿cómo no va a ser así si son una o dos sesiones como máximo?
¿Algunas obras te han marcado especialmente?
Son tantas las que veo que estoy en la palpitación del día, como decía Azorín… Indicaría ‘Nosotros no nos mataremos con pistolas’ (2014) -descubriendo una generación desconocida para mí, los millenials-, ‘Incendios’ (2016), ‘Cuzco’ (2017) o el primer ‘Lazarillo’, maravillosamente interpretado por Rafael Álvarez, El Brujo, allá por 1992.
Más recientemente me encantó ‘El acontecimiento’, basada en la novela homónima, y ‘1936’.

















