Entrevista a Fernando Parra / Escritor (Tarragona, 1978)
John Gray escribió que los hombres siempre que tenemos alguna inquietud nos metemos en una cueva y desaparecemos. Es natural. Se convierte en un problema cuando te recreas en ese aislamiento y empiezas a ver las sombras de tu mundo alteradas en la caverna de Platón.
Fernando Parra, acaba de publicar ‘Herida y ventana (Funambulista)’, una crónica de su reclusión emocional cuando la alargada sombra de la depresión le retuvo en un pozo existencial.
¿Por qué se titula ‘Herida y ventana’?
Es un guiño a la Divina Comedia de Dante, en el círculo de los suicidas de su infierno, los suicidas aparecen en forma de árbol, porque sus almas colgarán de las ramas de los árboles. Cuando Dante quiere hablar con ellos, tiene que romper una rama del árbol, les tiene que herir. Forma parte de un verso de Dante, Herida y Ventana. Ha sido una herida para mí, pero también una ventana para expresarme.
¿En algún momento te llegaste a plantear el suicidio?
En mi caso lo que hice fue dejar de comer y beber, intenté consumirme en una cama. Mi mujer estaba desesperada, al final tuvieron que llamar a mis padres, pero cuando llegaron me negué a ser socorrido.
Llegado un momento, me ingresaron en el Hospital Psiquiátrico de San Juan, pero me obcequé mucho en esa decisión. Fue un momento complicado.
En ese periodo, ¿llegaste a salir de casa? En el libro cuentas que mucha gente te recriminaba lo delgado que estabas.
Sólo después del ingreso, cuando salí fue cuando la gente se dio cuenta del deterioro físico que tenía. Nunca conté nada, tenía mucho sentimiento de culpa. Esas cosas no las cuentas por cierta vergüenza, las llevas en la intimidad porque es un tema tabú y la mayoría de gente no te comprende.
¿Por qué la gente no te entendía?
Mi vida funcionaba bien, no tenía nada que justificara esa melancolía, eso hace que sea mucho más difícil tratar esa depresión. Cuando la gente te ve así, no te comprenden, porque no hay una justificación racional, cuesta comprender que alguien al que le va bien no tenga ganas de vivir.
«Creemos que sabemos mucho de la depresión, pero no sabemos nada»
A veces hay cierta incomprensión en los conceptos, yo tuve ansiedad y la gente se creía que estaba estresado. ¿Qué es la depresión?
Sí, es verdad. Yo ansiedad no tuve, pero tenía una melancolía congénita. Siempre he sido una persona triste, de niño también, eso creó semilla y germinó. Llegó un momento en el que no encontraba ningún tipo de motivación. Sentía una desolación interior que poco a poco fue consolidándose.
Me preguntas qué es la depresión, es complicado definirla, pero Antonio Muñoz Molina dijo que era acostarse y no querer levantarse de la cama. Creemos que sabemos mucho de la depresión, pero no sabemos nada. En mi caso no se cumplían todos los parámetros sobre la enfermedad.
«Es fácil confundir un periodo de tristeza con la depresión»
¿Hay gente que tiene depresión y no lo sabe?
Es fácil confundir un periodo de tristeza con la depresión. Existe la frontera entre la tristeza y la enfermedad.
Me llama la atención tu modestia en la narración del libro, cuando dices “que eres un escritor de medio pelo”. Por un lado, me alegro, porque es raro ver esa humildad en una mente creativa, pero por otro, siento que eres un poco injusto contigo mismo.
Soy una persona con enormes inseguridades, no tengo la percepción de que soy un gran escritor. Me cuesta horrores publicar porque siempre pienso que no es lo suficientemente bueno. Creo que tengo mucho margen de mejora. Además, soy profesor de Literatura, y eso hace que el estar en contacto con los clásicos siempre termine perdiendo con respecto a su calidad.
Normalmente los escritores suelen ser grandes inadaptados a su mundo, ¿no?
Sí, y quizá por eso escribimos. Buscamos encontrar nuestro lugar en el mundo en esas páginas que escribimos. Es una especie de terapia, encontrar nuestra patria chica que es la literatura.
Te tengo que decir que transmites más alegría que otra gente que no ha pasado por tu calvario. ¿Cuándo empezaste a remontar?
Hay un punto de inflexión, que es cuando veo que mi mujer está mal. Yo estaba de baja y ella trabajaba de profesora. Una de las veces, por la mañana, me quedo observándola y veo que estaba tomando una de las pastillas de mi tratamiento para la depresión. Al ver que mi mujer se encontraba mal, fue cuando cambié el chip. El depresivo es muy egoísta y se piensa que el mundo gira en torno a él.
Cuando me volqué en su cuidado es cuando me recuperé, cuando te olvidas de ti mismo y te entregas al otro es cuando sales del pozo.
«Cuando te olvidas de ti mismo y te entregas al otro es cuando sales del pozo»
Narras en el libro tu cautiverio en la casa de tus abuelos en un inhóspito pueblo. ¿Ahí ya estabas bien?
Necesitaba estar sólo, en esa casa de mis abuelos lo pasé bien y mal a la vez. Sentía que mis abuelos estaban ahí conmigo, pero, por otro lado, esa circunstancia de reclusión tuvo sensaciones de dormición y de alucinaciones. Sin embargo, esa escritura solitaria hizo que yo encontrase un orden. Esa situación me ayudó a buscar a mi yo del pasado, ese que encontrándolo te ayuda a salir del pozo.
España es uno de los países que consume más ansiolíticos. ¿Qué le dirías a alguien que se encuentra en la misma situación que tú estabas?
Buscar ayuda, la soledad nunca es buena, contar lo que pasa, que no se pudra lo que tienes ahí dentro.

















