Entrevista a Fernando Marín / Músico (Elda, 8-junio-1974)
Fernando Marín nació músico, con una vida que parecía predestinada al arte, aunque reconoce que “aquella época era muy distinta a la actual”. Su madre, profesora de conservatorio y musicóloga, quiso apuntarle a diversas disciplinas artísticas.
“Hice también ballet, junto a mi hermana Gloria, pero lo dejé, pasando al conservatorio de música”, matiza. Su amplia formación le ha llevado a ser un músico diferente, capaz incluso de fabricarse sus propios instrumentos, como nos detallará.
Desde 2003 es profesor de viola da gamba del Conservatorio de Zaragoza, “el único que ha habido en Aragón”. Sin embargo, reside en Tarragona, “desplazándome todas las semanas a la capital del Ebro, ciudad que me fascina”.
¿Dónde te formaste como músico?
En Elda no había muchas opciones, ni los docentes tenían el nivel actual. Tampoco era común que un chico quisiera dedicarse a la música; a mi madre, por ejemplo, no le agradaba la idea, sabía de las escasas salidas profesionales.
Decidí entonces estudiar en Murcia, donde estaba el conservatorio potente más cercano. Allí también cursé filosofía, pero mi vida comenzó a girar cuando asistí al concierto de unos músicos rusos.
¿Ellos te condujeron a Asturias?
Eran Mikhail Milman y Alexander Fedortchenko, estaban en Gijón y hasta esa urbe viajaba en tren -acompañado de un amigo- para tomar clase con ellos, grandes maestros del cello. Clandestinamente lo estuvimos haciendo una temporada.
Poco después me trasladé a Asturias, para seguir aprendiendo, matriculándome primero en Gijón y seguidamente en Oviedo, donde obtuve mi título.
«Me instalé en Praga en 1996, momento en que la capital checa era un hervidero artístico maravilloso»
El paso previo a tu periplo en Praga.
Gracias a una serie de contactos pude hacer una prueba de chelo, que superé. Era 1996 y en aquel momento la capital checa era un hervidero artístico maravilloso, muy diferente a hoy. Había un sinfín de cafés literarios donde nos juntábamos autores, poetas, músicos, de numerosos países.
Pero no me agradaba que las escuelas fueran tan rígidas; durante años tuve dudas y quise probar el chelo barroco, básicamente para tener otros criterios de interpretación.
¿Por qué regresaste?
Tras finalizar mis títulos en Colonia y estudiar en Bruselas con Wieland Kuijken, surgió la posibilidad de impartir clases en Zaragoza.
En la actualidad, estoy especializado en instrumentos de arco históricos vinculados con la viola da gamba. Mi tesis se fundamentó en la sonoridad de estas vihuelas renacentistas.
«Desde pequeño he escuchado mucha música vocal polifónica, la cuna de lo que vino más tarde»
¿Qué te atrapó de la música renacentista y barroca?
Desde pequeño he escuchado mucha música vocal polifónica, la cuna de lo que vino más tarde. Todos los grandes compositores –Bach, Mozart o Beethoven, por decir tres nombres clásicos- se han basado es ese tipo de música.
El culmen se produjo en el Renacimiento, siglos XV y XVI. La aparición de las orquestas, óperas y teatros es muy posterior.
¿Esa enseñanza te llevó a colaborar con Carles Magraner?
Genio y referente de la música antigua -sin jamás alardear-, se dedica desde hace décadas a las vihuelas de arco. Entablamos una bonita amistad y hace muchos años que colaboro en su Capella de Ministrers.
Por cierto, ¿realmente construyes tus propios instrumentos?
Sí, con cuerda de tripa. Es una de mis muchas inquietudes; otras son estudiar percusión latina y baile (mambo o salsa). Comencé haciendo un instrumento en una escuela, medio de broma.
Me maravilló, tanto que desde entonces solo toco los instrumentos que fabrico; habrán sido entre ocho y diez. Se ha convertido en mi principal proyecto de vida, más allá de mi trabajo y pasión por realizar conciertos y grabaciones.
«Destacaría nuestro último disco, que en realidad son tres, centrado en las 40 áreas de Jacob Kremberg»
¿Cuáles han sido tus trabajos más relevantes?
Todos son especiales, aunque de algunos estoy más orgulloso. Jamás he grabado algo que se haya hecho, es decir, las mías son obras poco conocidas o prácticas musicales casi inéditas, como cantar a la viola.
Destacaría nuestro último disco, centrado en las 40 áreas de Jacob Kremberg, músico y compositor de finales del siglo XVII. También ‘The Arte of the Vihuela de Arco’, que exhibe ese instrumento específico.
También presides la Fundación Cultural Anima Cordae.
De ámbito nacional, cierra y blinda una ideología muy concreta, para proteger valores que se están perdiendo, como la música antigua, un legado del ser humano.
La capacidad de escuchar y crear sonidos -a través de la imaginación- se volverá a poner de moda con la neurociencia. La música nos ha permitido trascender a aspectos universales, siendo un lenguaje tan abstracto como concreto.
¿Hablas de emociones?
Y de elementos espirituales, pues hay emociones que superan lo tangible. Es nuestro deber que no se pierda como patrimonio inmaterial.
¿En qué estás enfocado ahora?
Principalmente el concierto que daré en Colonia el primer viernes de marzo. Amo esa ciudad germana, donde también estudié unos años.
Me ilusiona igualmente un disco de viola da gamba con el que llevo tres años trabajando y del que poco más puedo desvelar.


















