Superada la nostalgia fallera, las calles de una multitud de pueblos y ciudades valencianas se preparan para recibir a las cornetas y los tambores que anuncian la llegada de la también muy tradicional Semana Santa.
No todo el mundo se fija en ello, pero detrás de cada paso hay un trabajo poco visible: la restauración de la imaginería procesional. Estas esculturas de madera policromada que representan escenas de la Pasión, necesitan cuidados constantes para sobrevivir al paso del tiempo.
Aquí es donde entran en escena los talleres especializados e incluso a veces algunos laboratorios universitarios, cuya labor silenciosa combina arte, ciencia y tradición para mantener esta religiosa fiesta tan viva como en sus orígenes.
Sobre las posibles amenazas
A diferencia de muchas obras conservadas en museos, las imágenes de Semana Santa siguen cumpliendo una función ritual. Todos los años se trasladan, se visten, se iluminan con velas y recorren las calles, hecho que, inevitablemente, genera un desgaste en la madera y en la policromía.
Pese a estar guardadas durante la mayor parte del tiempo, factores como la humedad; el polvo; los insectos; el movimiento durante las procesiones o, incluso, los besos y roces de los más devotos, pueden provocar grietas, pérdidas de color y deterioros estructurales en las piezas.
En la provincia de València, donde las cofradías mantienen una intensa actividad procesional, la restauración se ha convertido en una práctica habitual. Tanto es así que hay consistorios y hermandades que programan intervenciones periódicas para garantizar que las imágenes continúen desfilando en buen estado y con su aspecto original.
Sin ir más lejos, la capital del Túria lanzó en 2021 el ‘Plan Especial del Cabañal’, una iniciativa pensada para proteger los elementos materiales e inmateriales de la Semana Santa Marinera frente a las distintas medidas urbanísticas. Incluían aquí tanto las imágenes religiosas como las casas particulares donde se guardan, garantizando así su conservación y preservación.
Factores como el ambiente o el movimiento provocan daños en las piezas
Primeros pasos
La restauración de estas obras de arte es un proceso complejo que requiere un trabajo interdisciplinar. El ritual comienza cuando los expertos analizan el estado de la pieza y, a través de un estudio detallado, determinan sus daños y deciden qué tratamientos aplicar.
Una vez hecho esto, se separan las imágenes de su soporte y se retiran los faldones que puedan salir mal parados durante el proceso. Después, se realiza una limpieza superficial y no abrasiva para eliminar la suciedad y los barnices oxidados que han oscurecido la talla.
A veces, incluso, se quitan capas de pintura que no respetan los colores originales o se fijan aquellas zonas que puedan sufrir una inminente pérdida de pigmento con materiales adhesivos controlados.
Puesta a punto
Si hay trozos fragmentados, se reparan con ayuda de componentes compatibles con la madera o se rellenan con un revestimiento hecho de cola y talco o sulfato de cal. Todo ello se hace, por supuesto, respetando lo máximo posible la escultura original.
Para devolverle el color a la obra, es habitual utilizar la técnica del ‘trattegio’ o ‘rigatino’. Según la Universitat Politècnica de València, esta consiste en completar las zonas que ya no tienen pintura elaborando líneas verticales y paralelas que, vistas desde lejos, casi no se aprecian.
Finalizado el trabajo, se le da una capa de barniz protector para evitar que vuelva a sufrir daños, aunque sean muchas las organizaciones que llevan sus pasos a revisar cuando se va acercando la fiesta.
Combinando historia y actualidad
El proceso de restauración ha evolucionado mucho en las últimas décadas. Hoy en día la tecnología permite a los restauradores intervenir las piezas con más precisión que antes, mezclando así la artesanía tradicional con la modernidad.
Herramientas como el escaneo tridimensional o la fotogrametría crean modelos digitales exactos de las esculturas para estudiar su estado sin necesidad de usar técnicas invasivas. Gracias a estas recreaciones virtuales, se pueden detectar deformaciones, calcular pérdidas de material y planificar la restauración con mayor seguridad.
También se suman técnicas como las radiografías o la fotografía con luz ultravioleta, que revelan grietas internas, ensamblajes ocultos o repintes posteriores invisibles al ojo humano. En algunos casos, incluso se recurre a la impresión 3D para reconstruir fragmentos perdidos y facilitar su reintegración en la talla original.
En València, este tipo de tecnologías ya se aplican en la conservación del patrimonio religioso, así como en su difusión. La Catedral, por ejemplo, presentó a mediados de febrero la digitalización del Santo Cáliz mediante escaneo tridimensional y fotogrametría avanzada, métodos que permiten documentar y estudiar la pieza sin poner en riesgo el original.
Un legado centenario
Muchas de las imágenes que procesionan hoy en el territorio fueron creadas en el siglo XX por imagineros vinculados a la tradición escultórica local. Entre ellos destaca José María Ponsoda, cuyas obras se inspiraron en el barroco valenciano. Además de realizar esculturas para cofradías, participó en importantes restauraciones, como la de la Virgen de los Desamparados tras la Guerra Civil.
Sin embargo, la tradición de la imaginería procesional del territorio es mucho más antigua. Tal y como explica la Archidiócesis de València, algunas de las primeras tallas se conservan en la iglesia de San Juan del Hospital, donde hay imágenes como la Virgen María y San Juan Evangelista, esculturas de madera del siglo XII.
Hoy, la restauración permite que este legado artístico continúe vivo. Gracias al trabajo de expertos, universidades y cofradías, estas esculturas históricas siguen recorriendo cada primavera las calles valencianas, manteniendo viva una tradición que despierta la memoria colectiva y la devoción de sus habitantes.
Algunas de las primeras tallas del territorio datan del siglo XII

















