Entrevista > Víctor Manuel Yeste / Coordinador de investigación STEAM de la UE de València (Madrid, 19-enero-1989)
Con la irrupción de la Inteligencia Artificial (IA) generativa se han sacudido los cimientos de la industria tecnológica y cultural en tiempo récord. Sin embargo, para los expertos, esto no es un fenómeno repentino, sino la culminación de décadas de desarrollo.
Víctor Yeste, Profesor Doctor en STEAM y director del Máster en IA en la Universidad Europea de València, analiza los retos éticos, la crisis de veracidad y el futuro de una tecnología que promete saltar de las pantallas al mundo físico.
¿Cómo se explica esta evolución que parece haber estallado de golpe en los últimos tres años?
Realmente la IA ha tenido sus más y sus menos durante décadas. Hubo ‘inviernos de la IA’ donde la industria dejaba de invertir porque la capacidad de cómputo de los años setenta u ochenta no daba abasto. Era un espejismo tecnológico.
La democratización de la informática personal y la llegada de Internet sentaron las bases de esta revolución industrial. No fue de la noche a la mañana; hubo que preparar el mundo a nivel tecnológico para llegar a la capacidad actual.
Ahora que la tecnología es accesible, ¿podemos decir que la IA se ha democratizado realmente para el usuario común?
Sí, totalmente. En la década de 2010 comenzó el boom con las redes neuronales y los transformers. Antes, esto estaba reservado a grandes empresas, pero herramientas como ChatGPT permitieron que cualquiera pudiera usarlas sin saber programar.
De hecho, se dice que la programación tradicional podría morir. La nueva forma de programar será el lenguaje natural: hablarle a la máquina para que genere código o contenido desde cero.
Sin embargo, existen dudas sobre la fiabilidad de estas respuestas generativas.
Es que su prioridad principal es parecer natural y convencer, no necesariamente ser certeras. Funcionan por probabilidades. Si le preguntas algo sobre un pueblo pequeño, puede inventarse el dato con tal de darte una respuesta que te deje contento.
A esto lo llamamos ‘alucinaciones’. Aunque cada vez se filtra más y se añaden fuentes para mejorar el razonamiento, el usuario debe entender que el objetivo de la máquina es cumplir contigo en las formas, no siempre en el fondo.
«Principalmente la prioridad de una IA es parecer natural y convencer, no necesariamente ser certera»
No hay que olvidar la importancia de los datos. ¿Somos conscientes del valor que tienen?
Los datos son al siglo XXI lo que la electricidad fue para el siglo XX: son la fuente que permite construir todo lo demás. Muchas empresas, incluso pymes, intentan adaptarse, pero a menudo tienen sus datos desorganizados.
El problema surge cuando se construyen modelos de IA sobre cimientos de datos mal estructurados. Se crean cosas muy llamativas, pero sin resolver el problema de base.
Ante este escenario, Europa apuesta fuerte por la regulación. ¿Puede esto frenar la innovación?
Es un debate intenso. Se acusa a Europa de quedarse atrás por priorizar la ética, mientras otros corren más rápido. Pero sin ética ni regulación, iríamos como pollos sin cabeza.
¿Quién controla que no se abuse de menores o que los datos no acaben en malas manos? La privacidad y la seguridad son fundamentales para evitar situaciones de abuso.
«Llegaremos a un punto donde lo ‘hecho por humanos’ se valorará como la artesanía frente a lo industrial»
Otro gran temor es la suplantación de identidad y los deepfakes. ¿Estamos perdiendo la propiedad de nuestra imagen?
Es un peligro creciente. Las IA son cada vez más potentes imitando voces y caras. Con pocos segundos de audio ya pueden modelar tu voz. Esto plantea problemas legales serios, como vemos con actores que demandan por el uso de su imagen sin permiso.
Llegamos a una dinámica donde cuesta discernir quién tiene la propiedad de qué. Si dejamos de ser dueños de nuestra propia imagen o voz, nuestra identidad queda en entredicho.
Vivimos en la economía de la atención. ¿Cómo encaja la IA en esta lucha por el tiempo del usuario?
La atención es el nuevo petróleo, la nueva moneda de cambio. Todo el mundo quiere la tuya y solo tienes una. La IA puede personificar cosas o inventar contenidos únicamente para retenerte, porque eso genera dinero.
Esto provoca una crisis de credibilidad. Si no sabemos distinguir lo real de lo artificial, y encima los algoritmos nos muestran solo lo que queremos ver mediante el sesgo de confirmación, la desinformación se dispara.
«Si no sabemos distinguir lo real de lo artificial la desinformación se dispara»
Respecto a la cultura, ya vemos cantantes y actores generados por IA. ¿Perderemos el ‘alma’ en el arte?
Creo que llegaremos a un punto donde lo ‘hecho por humanos’ se valorará como la artesanía frente a lo industrial. La IA democratiza la creatividad, pero limita el alma de la obra, ya que la máquina decide muchos detalles por ti.
Podemos disfrutar de un producto de IA, pero en el fondo sabemos que no es real. Falta esa conexión humana, esa empatía que sientes al ver a un actor real haciendo un esfuerzo interpretativo.
Para concluir, ¿hacia dónde se dirige esta revolución a corto plazo?
Estamos ante una nueva revolución industrial que afectará a muchos perfiles laborales, desde traductores hasta los propios informáticos. Pero el siguiente gran salto no será solo digital.
Lo que auguro para los próximos años es que esta revolución saltará al mundo físico a través de la robótica. La IA dejará de estar solo en las pantallas para integrarse en robots, afectando a nuestra realidad tangible de una forma que hoy nos parece ciencia ficción.



















