Cada verano, las playas de la Safor se convierten en uno de los destinos más icónicos del Mediterráneo valenciano. El sol, la arena y su oferta turística atrae a familias, deportistas y visitantes de toda España.
Sin embargo, cuando las bajas temperaturas sustituyen a la temporada estival, cada vez más larga, la marea de turistas desaparece y el paisaje se transforma. La quietud deja al descubierto la otra cara de la comarca: una más pausada, reflexiva y llena de vida local.
Vida activa en la playa
Con el frío, desaparece el flujo masivo de visitantes. ¿Significa eso que la playa queda vacía? Todo lo contrario. Para muchos residentes, practicar deporte durante las épocas del año con menos turistas es un privilegio. “Correr por la playa de Gandia siempre es un lujo, pero es verdad que en verano te cruzas con mucha gente que viene de estar de fiesta y llega a ser un poco incómodo”, señala la entrenadora del club ‘Natació i Esports’ y deportista multidisciplinar, Sara Cebrián.
Añade que “en invierno sueles coincidir con la misma gente que hace ejercicio durante la temporada alta, pero con la diferencia de que evitas cruzarte con quienes van bebidos y pueden generarte algún pequeño percance. El paisaje está genial, pero cuando hay poquitas personas tiene un encanto espectacular”.
Cebrián también suele ir a la playa para nadar en mar abierto. “En pleno verano, del calor que hace, se hace hasta imposible, porque el agua está caliente y hay muchas medusas. Aunque en invierno no va nadie, a principios de otoño todo está muy limpio y hay poquita gente. Si tuviera que elegir, me quedaría con esa época”, dice.
De este modo, esa tranquila playa se convierte en el escenario perfecto para caminar, pescar, correr o practicar cualquier otro tipo de deporte sin tener que esquivar a la gente ni agobiarse por la masificación que acostumbra a haber en esta zona del Levante. Prueba de ello es que existen eventos como el Circuito de Invierno de Vóley Playa o la Travesía de Invierno en el Puerto de Gandia, que coincide con la festividad de Reyes.
Los deportistas prefieren disfrutar de la playa durante la temporada baja
Universitarios: el alma de la costa
Si hay un colectivo que define a la capital de la Safor más allá de la época estival, ese es el de los estudiantes universitarios. El Campus de la UPV en Gandia transforma la playa en un lugar vivo durante, prácticamente, todo el año.
Para el estudiante de Comunicación Audiovisual, Ferran Talens, vivir junto al mar tiene un valor que trasciende la estética. Al venir de Carcaixent, una ciudad sin costa, admite haber aprovechado la ocasión para salir a andar por primera línea. Observa, además, cómo cambia la dinámica cuando se acaba el verano: “el murmullo y ruido constante cesa drásticamente nada más llega noviembre. No solo eso, también se nota en la cantidad de gente con la que te encuentras por la calle”.
A pesar de ello, resalta que los universitarios “llevan bastante ambiente a la playa”. “La verdad es que se notaría mucho si no estuviéramos porque es muy complicado encontrar actividades más allá de la fiesta por aquí”, señala.
Según él, lo peor de pasar el otoño y el invierno en la playa es la monotonía, pero, en realidad, “se vive muy bien y muy tranquilo”. Gracias a eso, dice, “he visitado zonas de la ciudad que nunca antes había visto”.
Es la vida universitaria uno de los motores de la capital del territorio
Comercios y servicios en pausa
No se puede hablar de la Safor sin mencionar la estacionalidad de sus negocios. Según explicó la patronal hotelera Hosbec a principios de diciembre, cerca del 32% de los establecimientos turísticos de Gandia cierran en otoño e invierno, lo que evidencia una gran diferencia entre la temporada alta y la temporada baja del municipio.
Para muchos locales de la comarca, este periodo supone una pérdida de recursos y un riesgo que no vale la pena correr. Kristian Foerster, hijo de la propietaria de un restaurante en la playa de Tavernes de la Valldigna, lo explica con franqueza: “en invierno no abrimos, nos esperamos a verano, que es cuando viene la gente”.
Dicho modelo empresarial refleja la realidad económica del territorio. Durante los meses fríos la actividad se concentra en el sector cotidiano, más que en el turístico. A pesar de ello, algunos restaurantes adaptan su oferta para servir a las personas que les visitan fuera de temporada, generando pequeños focos de vida en la costa.
Cerca del 32% de los establecimientos turísticos de Gandia cierran con el frío
Fomentar la desestacionalización
Más allá de la quietud de la temporada baja, los consistorios de los diferentes pueblos y ciudades organizan iniciativas para mantener la playa activa durante todo el año. Desde los eventos deportivos hasta los tradicionales mercados que hay cada domingo, las actividades invitan a la ciudadanía a disfrutar de su costa.
Sin ir más lejos, la capital de la Safor acogió, a principios de diciembre, las Fiestas de Sant Nicolau, una celebración anual que atrae a la gente del centro de la ciudad hacia el Grau.
Un paisaje diferente
Con todo, la otra cara de las playas de la Safor no es la de un destino desierto, sino la de un territorio que, simplemente, se transforma. Los deportistas; los ciudadanos que caminan a orillas del mar, y los estudiantes que llenan de energía el paseo marítimo y organizan actividades culturales, son la prueba de que, en invierno, también hay vida.



















